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domingo, 3 de junio de 2012

END OF THE ROAD - EPÍLOGO



END OF THE ROAD – EPÍLOGO (I)

Universo Neverfield.
Comisaría de Springfield. Complejo de Celdas.
Ahora.

- Y esa es toda la historia.

Y dicho eso, Charlie Dalton se queda quieto, recostado en el camastro y mirando al techo, con una sonrisa irónica en los labios. El silencio que viene después dura durante casi diez interminables segundos mientras trato de buscar algo qué decir. Entonces comprendo que no tengo por qué decir nada.

Me levanto de la incómoda silla plegable mientras Charlie me mira con lo que interpreto como incredulidad absoluta.

- Muchas gracias por su tiempo, Señor Dalton.
- Espere un momento… - se incorpora del camastro y se abalanza sobre los barrotes - ¿Ya está? ¿¡Eso es todo, joder!?

Camino en dirección a la salida, ignorando sus peticiones.

- ¡Eh! ¡Oiga! ¡Joder, míreme!

Me detengo justo a un palmo de la puerta.

- ¿Qué pasa, eh? – capto la sorna en la voz de Charlie - No cree una puta mierda de todo lo que le he contado, ¿verdad? ¡Es usted como todos los abogados, joder!

Suspiro y me doy la vuelta. Camino de nuevo hasta la celda.

- Oh, no. Señor Dalton. Verá. Con respecto a lo primero... – me detengo a menos de un metro de los barrotes - He creído hasta la última de esas “mierdas” que me ha contado. Los viajes entre dimensiones, los planes para consumir universos, los visitantes de otras tierras paralelas… Todo.

Rebusco en el bolsillo de mi chaqueta y le entrego una de mis tarjetas.

- Y respecto a lo segundo... – le dedico mi mejor sonrisa - Le aseguro que no soy un abogado cualquiera.

Los ojos de Charlie Dalton se abren de par en par. En la tarjeta puede leerse:
“WOLFRAM & HART: Benjamin Braddock”

- Jo… joder. ¿Ben… - alza la vista - … Braddock?

Para entonces, ya estoy fuera del edificio. Tan sólo puedo imaginar la confusión del pobre Charlie Dalton. Para él ha pasado apenas un segundo. Gracias al hechizo hipnótico de la tarjeta, en esos diez minutos he tenido tiempo de salir de la comisaría de policía y subir a bordo de uno de los todo-terreno de la Powell Corporation que aguardan aparcados en la puerta. En el asiento trasero, mirando por una de las ventanillas al otro lado de la calle, está Jake Dalton. A pesar de que su herida ha sido debidamente vendada, aun tiene la ropa rasgada y manchas de sangre seca y tierra por toda la cara y los brazos. Su mirada está fija en lo que acontece al otro lado de la calle. Justo enfrente, ante la tienda conocida como “Dragon´s Lair”, Gabrielle Grant se despide de la doctora St. Johns, quien sube a bordo de otro todo-terreno con logotipos de la Powell Corporation. Puedo ver el semblante gris y preocupado de Jake Dalton.

- No debe preocuparse por ella, señor Dalton. – me giro para hablarle desde el asiento del copiloto. – “Wolfram & Hart” se encargará de la doctora Rayna St. Johns. La contratarán para su rama de I+D. No debe preocuparse por ella…
- No me preocupo por ella. – responde sin apartar la vista. Es entonces cuando me doy cuenta que no es a la doctora a la que está mirando. – Aun no sabe lo de su hija, ¿verdad?

Niego con la cabeza. Y sin nada que responderle, me limito a mirar al conductor, un agente de la Powell Corp.

- En marcha.
- Muy bien, señor.

El todo-terreno comienza a moverse, saliendo de la Plaza Lincoln. Vamos dejando atrás los edificios de un pueblo que me resulta extrañamente familiar. Los edificios, las calles, los coches... todo es diferente a mi hogar. Pero la gente… Es escalofriante ver a un sheriff Thompson que parece un duplicado de aquel al que conocí en mi mundo. Siento una punzada de dolor cuando reconozco una furgoneta que pasa por nuestro lado, en dirección contraria. A través del espejo retrovisor, mientras nos alejamos, puedo ver como aparca a las puertas de “Dragon´s Lair”. Y tengo que repetirme a mi mismo que no es mi padre el que baja de ella. No es el Ed Braddock a quien Morgan Kyle partió el cuello con sus propias manos.

- Dígame una cosa, señor Braddock…

Agradezco que Jake rompa su silencio, sacándome de mis pensamientos.

- ¿Qué le pasará a mi hermano?
- Nuestros abogados de este universo se encargarán de su caso. De todas formas, imagino que no podrán cargarle las muertes de Billy Whitehouse o de Paul Fesster. Oficialmente ambos siguen desaparecidos.
- ¿Y extraoficialmente?
- Del señor Whitehouse no hay ni rastro. – me doy la vuelta y le miro quitándome las gafas. – Es posible que su sacrificio fuese lo único que frenó la profecía.
- ¿Y el señor Fesster? – Jake me mira y se da cuenta del pequeño detalle. – Esas gafas…
- Si… - se las entrego – Fueron lo único que quedaron de él. – le miro – Lo siento. Tengo entendido que fue el único que le defendió cuando…

Dejo la frase en alto, sin acabar, mientras contemplo a esta versión de Jake Dalton. En el fondo, tiene el mismo corazón noble que aquel al que conocí en mi mundo.

- Era un buen hombre… - Jake me devuelve las gafas de Paul Fesster.
- Usted también, señor Dalton. - Me mira extrañado - En el universo del que vengo, señor Dalton… Usted nos ayudó a escapar. Me ayudó a seguir con mi vida. – me giro de nuevo, colocándome las gafas del señor Fesster.
- ¿A dónde vamos? – Jake acaba de darse cuenta de que estamos saliendo del pueblo - ¿Qué está haciendo, Braddock?
- Devolviéndole el favor, señor.

A través de la ventana, Jake ve pasar un cartel que reconoce a la perfección. No abre la boca hasta que pocos minutos después el todo-terreno se detiene al pie de las viejas y maltrechas instalaciones mineras.

- ¿Qué hacemos aquí? – Jake baja del coche y me mira.
- Su hijo… - apoyado en la puerta abierta, miro hacia la cima. – Los dos sabemos donde estará, ¿verdad?

Jake sigue mi mirada con la suya y posa sus ojos en lo alto de la cima. Baja la vista de nuevo y me contempla, aun con algo de desconfianza.

- Aun no entiendo cómo lo ha hecho su gente, señor Braddock, para que Morgan Kyle hiciese la vista gorda con todo lo sucedido en la Planta Powell… - niega con la cabeza - No creo que esos amigos suyos de “Wolfram & Hart” hayan conseguido chantajear a alguien como Kyle…
- No le chantajeamos, señor Dalton – sonrío – Le ofrecimos un trabajo.

Jake asiente con la cabeza, en silencio. Mira de nuevo hacía arriba. Parece como si una parte de él tuviese miedo de encontrarse finalmente con su hijo. Esta vez, con el de verdad.

- No debe culparse, señor Dalton. Yo tampoco supe que algo iba mal con Danny hasta que fue demasiado tarde.
- No es eso lo que me preocupa, señor Braddock. – mira hacia arriba – Es el vértigo.
- ¿Miedo a las alturas, señor Dalton?
- Al tiempo, Braddock. – me mira y lo veo sonreír por vez primera – Al tiempo perdido.
- Razón de más para no perder más tiempo. – respondo a la sonrisa - ¿No cree?

Entro en el coche y cierro la puerta. Veo como se aleja, venciendo su temor y dirigiendo sus pasos hacia la montaña.

- ¡Señor Dalton! – alzo la voz para dejarme oír por encima del motor. El se da la vuelta y me mira.
- Dé las gracias a Danny de mi parte.
- ¿Por qué?
- Por salvarme la vida.

Asiente en silencio y alza la mano a modo de despedida. Es muy posible que sea la última vez que me vea. En mi caso, es posible que vuelva a ver a Jake Dalton. Pero será otro Jake Dalton. Y será en otro mundo.

END OF THE ROAD – EPÍLOGO (II)

Universo Neverfield.
Cima de la Mina Dalton.
Ahora.

Danny Dalton mira al vacío que hay a menos de un centímetro de sus piés. Es el mismo abismo por el que se arrojó el bueno de Fred. Su nombre, de forma inevitable, le lleva a repasar una amarga lista de amigos perdidos. Primero Fred. Luego Leonard. Que el mismo ponga fin a su vida casi forma parte del guión.

Contempla sus manos, aun cubiertas por la sangre reseca de sus víctimas. Cierra los ojos, tratando de contener las lágrimas. De negar los recuerdos de todo aquello de lo que fue testigo mientras Sarah Kauffmann dejaba un reguero de muerte y desolación. Los técnicos y guardias de aquellas instalaciones, la doctora St. Johns…
… Alma.

Danny abre los ojos, llenos de lágrimas. Respira con dificultad, sintiendo la angustia y la desesperación. Ambas le dan fuerzas para dar el paso.

Jake Dalton: No vas a hacerlo.

La voz a su espalda es un freno de emergencia. Le da las fuerzas necesarias a Danny para darse la vuelta muy lentamente. Apoyado en el viejo cobertizo, su padre le observa con los brazos cruzados.

Danny Dalton: ¿Cómo… (reune fuerzas)… ¿Como estás tan seguro?

Jake no responde. No inmediatamente, al menos. Camina hasta donde está él, rebuscando en sus bolsillos. Se coloca a su lado, contemplando la viva estampa de Springfield a vista de pájaro.

Jake Dalton: No vas a hacerlo, hijo. Por el mismo motivo por el que yo tampoco lo hice en su momento.

Danny Dalton lo mira.

Jake Dalton: Porque no es aquí donde acaba la carretera. No en este pueblo de mierda.

Su hijo aun guarda silencio mientras él rebusca entre sus bolsillos. Saca dos cigarrillos. Uno acaba en su boca. El otro, entre los dedos de Danny. Jake rebusca un poco más en sus bolsillos.

Antes de poder recordar donde puso las malditas cerillas, la llama de un zippo prende a pocos centímetros de su cigarrillo. En las manos de su hijo, Jake reconoce el mechero que le dio su padre años atrás.
Y de repente, dieciséis años de ausencia se desvanecen en el tiempo en que se fuma un cigarrillo.

Danny Dalton: He hecho cosas terribles, papá.
Jake Dalton: Yo también, hijo. Yo también.

FIN

END OF THE ROAD – CRÉDITOS
(En orden de aparición)

The Cast
Jake Dalton – Migue Torrejón
Charlie Dalton – Raul Lainez
Paul Fesster – Gonzalo Martín
Billy Whitehouse – Mario Baudet

Música de Brian Tyler, Ben Foster, Hans Zimmer, Murray Gold.
“Neverfield” Main Theme by Ramin Dwajadi

Written and Directed by
Ismael D. Sacaluga

END OF THE ROAD – ESCENA TRAS LOS CRÉDITOS

Universo Sin Catalogar.
En mitad de una frondosa jungla.
Ahora.

“¿Estoy... muerto?”

Es el primer pensamiento que llega a su mente cuando Billy Whitehouse abre los ojos. Siente el roce de la vegetación y la tierra mojada en su cara. Escucha el cacareo de un sinfín de animales que se mueven entre la frondosa vegetación tropical que lo rodea. Se levanta, notando sus huesos levemente entumecidos.

Billy Whitehouse (rascándose la cabeza y mirando a su alrededor): ¿Hola?

La única respuesta es el extraño graznido de las extrañas alimañas que merodean entre la impenetrable vegetación reinante. El último recuerdo de Billy es haber saltado como un suicida contra aquel Danny Dalton poseído. Luego, la luz púrpura y… Un mosquito del tamaño de un móvil se posa en su cuello, tratando de beber su rica sangre humana. Billy lo aparta de un golpe.

Billy Whitehouse (extrañado): ¿Pero qué cóño…?

En su mano, luce un anillo que antaño fuese dorado brillante. Ahora es de un gris metálico apagado, sin vida. Pero no es eso lo que más llama su atención: en su antebrazo, Billy acaba de descubrir lo que en un principio cree que es alguna clase de erupción en la piel. A medida que lo mira con más atención, sus ojos se abren de par en par. La supuesta erupción parpadea emitiendo alguna clase de luz púrpura. La misma que emanaba del prisma, recuerda. Billy entorna la vista, comenzando a darse cuenta de que esas “erupciones luminosas” no asumen formas caprichosas.

Billy Whitehouse (sorprendido): No me jodas que esto es una… ¿cuenta atrás? Bueno, parece que no me quedaré mucho tiempo por aquí… (mira para todos lados) Sólo espero no encontrar problemas mientras esté…

Las esperanzas del joven se desvanecen cuando un súbito temblor de tierra sacude la tierra, provocando una desvandada entre las copas de las palmeras próximas. Billy alza la vista y reconoce las siluetas de lo que, en un principio, ha confundido con “pájaros”. Pterodáctilos. Cientos de ellos. Y lo más inquietante no es que sean enormes. Lo inquietante es que huyen de algo.

Un rugido aterrador esclarece cualquier duda que pudiera tener el bueno de Billy.

Billy Whitehouse: Mierda…

Los temblores se repiten, cada vez más cerca. Billy trata de correr pero sus piernas no parecen aun aclimatadas a su reciente reintegración molecular. Las sacudidas dejan claro que sea lo que sea está peligrosamente cerca. Su rugido es tan atronador que casi no deja a Billy escuchar otro sonido.

El sonido de un motor.

Billy gira la cabeza a tiempo de ver como un impresionante cadillac plateado y descapotable se abre paso a través de la vegetación. El coche frena a apenas un par de metros del sorprendido Billy. En su interior, tres jóvenes lucen uniformes de corte militar. El que lleva en sus manos un rifle de tirador se levanta las gafas de sol y mira hacia atrás.

Leonard Powell (JurassicField): Creo que hemos dejado atrás a ese T-Rex, colegas.
Fred Fesster (JurassicField): Mayor Dalton, señor… (consultando alguna clase de dispositivo) La señal interdimensional viene de aquí.
Danny Dalton (JurassicField): Tengo ojos, Fesster. (sin soltar el volante) ¡Eh, colega!

Billy apenas si puede señalarse a si mismo, a modo de pregunta silenciosa.

Danny Dalton (JurassicField): Sí, ¡tú! (abre la puerta) ¿Subes o prefieres ser merienda de T-Rex?

Billy sube a bordo del cadillac, mientras el rugido se escucha cada vez más cerca.

Leonard Powell (JurassicField): ¿De donde cóño has salido?
Billy Whitehouse (mirando su antebrazo): No te lo vas a creer.
Fred Fesster (JurassicField): ¿Le conoce, señor Powell? (mira a Billy) ¿Cómo es posible?
Billy Whitehouse: Eso tampoco te lo vas a creer.
Danny Dalton (JurassicField): Dejad la cháchara y agarráos… (se calza unas gafas de sol) Próxima parada, Springfield.

El cadillac acelera mientras un terrorífico Tyranosaurus Rex irrumpe, llevándose por delante palmeras y vegetación a partes iguales. Cabalgándolo, un androide luciendo uniforme nazi empuña victorioso una katana envuelta en energía azulada.

Androide (con la voz electrónica de Marcus Vanister): ¡ATRAPAD A LOS REBELDES! ¡QUE NO ESCAPEN!
Billy Whitehouse (alucinado): ¿Dónde cóño me he metido?

domingo, 15 de abril de 2012

END OF THE ROAD - PRÓLOGO

Universo Neverfield.

Comisaría de Springfield. Complejo de Celdas.

Ahora.

-¿Señor Dalton?

Recostado en su camastro, Charles Dalton Jr. – más conocido en todo Springfield como “Charlie” Dalton – me mira entrecerrando sus ojos. Por un segundo temo que me haya reconocido. Puede que sean los casi dos años y medio que han podido pasar desde que pudo ver mi cara en alguna otra parte. También puede ser el tequila barato que durante años ha ido erosionando su cerebro. O puede que sea por culpa de las gafas: todos dicen que me quedan tan mal que casi me dejan irreconocible. Sea lo que sea, Charlie parece incapaz de identificarme. Mejor así.

- ¿Quién cóño es usted? – Murmura mientras se rasca la cabeza, calzándose su gastada gorra de los “Bulls” de Chicago.

- Soy su… abogado, señor Dalton – me siento en la silla plegada que me han dejado ante su celda.

- ¿Abogado? – Me mira a través de las rejas con tal desconfianza que casi parece que fuese a mi quien estuviese acusado de asesinato. – Le aseguro que no tengo la pasta para permitirme un abogado. Y mucho menos uno que lleve un traje como el suyo...

- Pues ahora lo tiene. – coloco sobre mis piernas el maletín, abriéndolo y sacando los informes – Debería aprovecharlo, Señor Dalton.

- Mira, amigo… Me duele la cabeza, ¿vale? ¿Podríamos dejarlo para...?

- Señor Dalton, me temo que voy a tener que pedirle que me cuente lo que pasó.

- Está todo en mi declaración, ¿vale? – se recuesta de nuevo en el camastro - ¿Por qué no se lo pide al viejo sheriff Thompson?

- Ya he leído su declaración, señor Dalton. – sostengo el informe ante él – Preferiría escucharlo en persona...

Suspira y, sin dejar el camastro en el que se ha recostado, Charlie Dalton se levanta la visera y mira al techo.

- Así que quiere saber lo que pasó, ¿no? – vuelve a suspirar – Joder... ¿Por donde empezar?

- ¿Qué le parece por el principio? – Y activo mi grabadora.

- Podría decirle que todo empezó hace año y medio, con la desaparición de los chavales. – toma mi silencio como ignorancia sobre los hechos: eso le sorprende y me mira - “¿Los Cinco de Springfield?” ¿No lo recuerda? Joder, salió en la mitad de los periódicos del puñetero país.

- Se refiere a la desaparición de Leonard Powell, Frederick Fesster, Lucius Washington y su propio ahijado, el señor Daniel Dalton...

- Y Vanister, colega. No te olvides del puñetero profesor de ciencias...

- Por lo que he podido averiguar... – le muestro algunos recortes de prensa – Creo que usted tuvo sus propias opiniones sobre lo que pudo ocurrir, ¿no?

[Fragmento de Video: testimonio de Charlie Dalton en el conocido magazine matinal “Buenos Días, Los Ángeles”]

Charlie Dalton: ¿Qué cual es mi teoría? Te lo diré muy claro, Mónica. Fue ese tipo, Vanister. Ese tío no es más que un pedófilo que ha hecho su agosto, vendiendo a esos pobres chavales a algún jeque árabe o judío millonario de Hollywood para sus movidas sexuales. Eso es lo que creo, sí señor.

- Mire, esas declaraciones que hice... – Charlie se incorpora y se quita la gorra. Casi parece avergonzado. – Esa gente puso dinero sobre la mesa, ¿vale? Y además... – vuelve a levantarse, recuperando su pose de dignidad - En el pueblo casi todo el mundo sacó tajada. La gente de la tele montó un auténtico circo en torno a la desaparición de los chavales, ¿de acuerdo? Pregunte por ahí, pregunte.

- No estoy aquí para juzgarle, Charlie... – le miro tratando de calmarlo - ¿Puedo llamarlo Charlie?

- Puede llamarme Katherine si me saca de aquí, abogado. – vuelve a sentarse en el camastro – Pero si, la cosa estuvo muy movida por Springfield durante al menos un par de meses.

- ¿Y después?

- ¿Después? – Charlie esboza una sonrisa irónica – Después algún gilipollas en Nebraska resultó ser un asesino en serie y la tele encontró su nuevo caramelo. La prensa se piró a las ocho semanas. Y el FBI cerró el caso pasados los tres meses. Así que...

- Era su sobrino, ¿no?

- ¿Cómo dice?

- Uno de los desaparecidos. “Daniel Dalton”. ¿Era su sobrino?

- Si. El chico... – se quita de nuevo la gorra, como si hablase de un difunto – Tenía huevos, ¿sabe? Era un cabrón testarudo, si señor. Igual que su padre.

- Jake Dalton... – repaso mis notas como si me hiciera falta para reconocer ese nombre – Toda una celebridad en Springfield, ¿no?

- Es él quien tendría que estar entre rejas, ¿vale? – me espeta Charlie, súbitamente iracundo, dando vueltas por la celda.

- La policía estatal sigue buscando a su hermano, Señor Dalton... – me ajusto las gafas – Pero agradecería que nos centrásemos en usted... Y en lo que fuera que le llevó a matar a Devon Powell.

Charlie se detiene en cuanto escucha ese nombre. Me mira con cierta inquietud, nervioso.

- Oiga, ¿no tendría un cigarrillo? – me lo pide como quien pide un salvavidas.

- No, lo siento – le muestro mis manos, con dedos limpios de nicotina – No fumo.

- Ya... Cojonudo... – Suspira y vuelve a sentarse. – Mire, yo... No quería matarlo, ¿vale?

- Entonces, ¿por qué disparó contra él? ¿Por qué entró en esas instalaciones industriales? – repaso mis notas – Creo que hirió de gravedad al menos a tres agentes de seguridad. Dos de ellos aun siguen en el hospital gracias a su pericia con la escopeta...

- Oiga, amigo. – me mira con rencor – ¿No es usted mi abogado?

- Lo soy, lo soy... – trato de calmarlo – Pero debe afrontar, Charlie, que a día de hoy y con el resto de los implicados desaparecidos... Usted es el único que queda para contar lo que pasó.

La celda se queda en silencio, con su único ocupante debatiéndose entre mandarme a paseo y afrontar cadena perpetua o contarme qué pasó. Casi puedo escuchar los resortes de la cabeza de Charlie Dalton llegando a la única conclusión razonable.

- Esta bien, abogado... Pero se lo advierto. – se incorpora sentándose en el camastro. – No va a creer lo que voy a contarle.

viernes, 13 de abril de 2012

Teaser Poster - NEVERFIELD: END OF THE ROAD

Primer poster promocional para la miniserie "NEVERFIELD: END OF THE ROAD".

miércoles, 11 de abril de 2012

NEVERFIELD: END OF THE ROAD - Preludio

Fortaleza de Westmoore Hall, a treinta kilómetros de Londres.

Residencia de verano de Enrique VIII

Año de Nuestro Señor 1535

Emisario Real (leyendo de un pergamino) Ante los ojos de nuestro Señor y de nuestro rey, Enrique VIII, se hace saber al acusado que por los cargos de asalto, robo, espionaje y alta traición se le ha condenado a morir… (aparta sus ojos del pergamino y mira al reo encapuchado que, de rodillas, tiene su cabeza apoyada en un tocón)… decapitado. Que Dios se apiade de su alma.

Dicho eso, un súbito silencio se apodera de la concurrida plaza de armas de la fortaleza. Tan sólo el graznido de un grajo rompe la quietud del momento. Ni los soldados que aguardan en lo alto de las murallas, ni los casi doscientos plebeyos – entre campesinos, artesanos y soldados – que se han reunido en torno al cadalso, prestos a presenciar el ajusticiamiento… ¡ni tan siquiera el propio Enrique VIII, que desde la balconada real, presencia la ceremonia en compañía de su esposa, Ana Bolena! Nadie osa romper el silencio…

Emisario Real (retirando la capucha al condenado): ¿Tiene algo que decir el condenado?

El peculiar individuo, de pelo castaño y ojos saltones, se limita a sonreír.

El Doctor (mirando a su verdugo): Claro que tengo algo que decir… (alza la vista hacia el palco real) ¡Ahora, profesor Vanister!

Apenas ha terminado de pronunciar la frase, cuando uno de los guardias que custodia a Ana Bolena levanta la vista, rebelando una clase de anteojos que no se fabricarán hasta dentro de unos cuantos siglos. Con un movimiento rápido, toma a la escandalizada dama como rehén poniendo su rapier en el cuello de la mujer.

Profesor Vanister (NE): Lo siento, caballeros… (ante los guardias que desenvainan sus armas ante él) Pero voy a tener que pedirles que tiren sus espadas (aprieta un poco su cuchillo contra el cuello de la reina) Por favor.

A varios metros por debajo, al nivel de la plaza fuerte de la fortaleza, el caos reina entre los asistentes. El Doctor aprovecha para desembarazarse del verdugo y de los guardias que lo custodiaban en lo alto del cadalso. El profesor Vanister, habiendo comprobado que su peculiar compañero de viaje por el espacio y el tiempo ha conseguido – una vez más – salvar el pescuezo; decide que es hora de prescindir de su rehén.

Profesor Vanister (NE): Tendrá que disculparme, señora… (con un movimiento rápido de su rapier corta el colgante que lleva al cuello Ana Bolena) Pero no creo que su cuello vaya a necesitar esto mucho más tiempo…

Enrique VIII: ¡Por todos los hijos de Inglaterra! ¡Matad a los espias! ¡Matadlos!

La iracunda voz del monarca surte el efecto deseado en sus soldados, que no tardan en acorralar a los dos intrusos en lo más alto de las murallas. Ambos, tanto el Profesor Vanister como ese extraño viajero del tiempo al que conocen en medio universo sencillamente como “El Doctor”; los dos acaban acorralados con el abismo a un lado y toda una tropa de soldados de la corona inglesa al otro.

Profesor Vanister (NE): Muy bien, Doctor… ¿Cuál es el plan ahora?

El Doctor: ¿El plan? (mira al abismo: más de quince metros de caída con un foso repleto de picas y cadáveres ensartados) Saltar, por supuesto.

Profesor Vanister (NE): Está de broma, ¿no?

El Doctor (saltando al vacío): Allons-Y!!!

El profesor Vanister siente el tirón de su manga cuando el Doctor le aferra al tiempo que la gravedad hace el resto: se precipitan en el aire hacia una muerte segura. Sin embargo, y como el profesor Vanister ha comprobado en los últimos meses de viaje espacio-temporal, cuando se trata de “El Doctor”, ninguna muerte es segura.

A menos de cuatro metros de unas afiladas picas de acero, con su peculiar murmullo metálico, una cabina telefónica de la policía comienza a materializarse. Las puertas se abren para dejarlos pasar al interior de una surrealista nave que viaja a través del espacio y el tiempo. “El Doctor” la llama simplemente “TARDIS”.

El Doctor (incorporándose en el interior de la TARDIS, sano y salvo): ¡Tardis, dulce Tardis! (manipulando los mandos a toda prisa) ¡Justo a tiempo!

Profesor Vanister (NE): ¿Me está diciendo que éste era su plan de huida?

El Doctor: Lo cierto es que nunca pensé que sería necesario huir.

Profesor Vanister (NE): Claro. ¿Quién iba a pensar que al intentar robar el collar de Ana Bolena ibamos a necesitar un algún plan de huida?

El profesor Vanister se desprende de las pesadas placas de la armadura y del resto de piezas de su disfraz como guardia real de la corona inglesa. Sostiene entre los dedos el colgante de diamantes y rubíes de Ana Bolena.

Profesor Vanister (NE): Sigo sin comprender, Doctor, cómo podrá ayudarme a volver a mi universo este colgante.

El Doctor (arrebatándole de las manos el colgante): Sencillo. Porque no es un colgante… (le arranca las joyas y las tira al suelo como si fuesen basura: muestra orgulloso el soporte de las gemas) ¡Es tecnología alienígena! ¡Un chip Slarnaak, para ser exactos!

Profesor Vanister (NE): Pero, pero… Lo tenía Ana Bolena…

El Doctor (colocando el chip entre el cableado de la TARDIS) Ah, tranquilo. Ella también es una Slarnaak.

Con un chasquido, el chip encaja en los resortes de la TARDIS y las luces de la estancia adquieren una suave tonalidad verdosa, parpadeante. Los dispositivos ronronean rítmicamente y el Doctor sonríe satisfecho.

El Doctor: Si, mi amigo y profesor Vanister… (pasa el brazo por su hombro) Ahora sí podemos llevarle de vuelta a casa.

Profesor Vanister (NE): Pero usted dijo que era imposible. Quiero decir… (se ajusta nervioso sus gafas) ¡mi universo está desincronizado todo un año con respecto al resto de las tierras alternativas!

El Doctor: Exacto. Y eso significa a) todo lo que ocurre en otros universos, en el suyo ha ocurrido un año antes. Y b) que hace falta un chip Slarnaak para que la preciosa TARDIS pueda llevarnos allí.

Profesor Vanister (NE): Un momento… (las piezas comienzan a encajar en su cabeza) Dice usted que puede… ¿que puede llevarnos a nuestro universo de origen?

El Doctor: ¿Qué si podré llevarlos? Profesor… ¡Acabo de hacerlo!

Antes de acabar su frase, la TARDIS se detiene súbitamente. Por un segundo, sus dos ocupantes están al filo de perder el equilibrio.

El Profesor Vanister mira hacia la puerta de salida. Durante un segundo sus pies no le obedecen. Siente una inquietud en la boca del estómago. Tiene miedo a que se rompan sus expectativas: a que todo sea un sueño. Lleva tanto tiempo esperando poder decirle a Ben que podrá por fin cumplir con su promesa. Hace ya muchos saltos entre dimensiones que tendría que haberlo hecho. Y ahora, por fin, gracias a ese misterioso vagabundo espaciotemporal conocido como “El Doctor”, está a un paso de lograrlo.

Su mano reposa inquieta sobre el picaporte de la TARDIS. Un giro y abrirá las puertas a su mundo de origen. Su hogar.

El Profesor Vanister contiene la respiración. Siente que el viaje está a punto de terminar. Gira el picaporte y…

El Doctor (presa del pánico): ¡¡¡NOOOOO!!! ¡No lo…!

Apenas ha presionado el picaporte cuando las puertas se abren de par en par. Al otro lado, la nada. La más absoluta oscuridad. El Profesor Vanister siente como una fuerza irresistible trata de engullirlo y llevarlo a esa inmensidad negra, silenciosa e infinita. Con unos reflejos que casi creía haber perdido ya, Vanister se aferra con toda la fuerza de la que es capaz al picaporte de la TARDIS. No aguantará mucho más. Siente como sus dedos van deslizándose, uno tras otro…

Una micronésima de segundo más tarde, y la propia TARDIS se habría plegado sobre sí misma a causa de la descompresión. Con el estridente sonido de las alarmas, las puertas vuelven a cerrarse, cesando bruscamente toda corriente y haciendo que el cuerpo del Profesor Vanister golpee con fuerza el suelo de la TARDIS.

Profesor Vanister (NE): ¿Qué…? (acepta la ayuda de El Doctor a la hora de ponerse en pie) ¿Qué era eso?

El Doctor: Nada.

Profesor Vanister (NE) (conteniendo la sangre que mana de una brecha en su frente) Doctor, no creo que sea momento para bromas.

El Doctor: No, profesor. Quiero decir que era “Nada”. “LA” Nada. La ausencia de existencia (el Doctor camina hasta la consola de mandos de la TARDIS) Es… Es lo que queda cuando un universo…

Profesor Vanister (NE): Cuando un universo… ¿qué?

El Doctor (una mirada de terror se refleja al comprobar unos datos en la terminal): Por los campos de Gallifrey…

Profesor Vanister (NE): Doctor, por el amor de Dios, dígame…

El Doctor: Según los escáneres de la TARDIS... sucedió hace un año menos un día.

Profesor Vanister (NE): ¿Qué pasó, Doctor? ¿Qué pasó hace un año menos un día?

El Doctor: Su universo, profesor Vanister… Algo lo ha borrado de la existencia.


HA PASADO MUCHO TIEMPO DESDE EL PRIMER SALTO

ES HORA... DE VOLVER A CASA