domingo, 13 de mayo de 2012

Sesión 02-04-12 - END OF THE ROAD (4 de 6)



4x04 – NEVERFIELD: END OF THE ROAD

Caravana de Charlie Dalton.
Explanada de la Chatarrería Dalton.
17 horas, 6 minutos para la activación del Reactor.

Jake Dalton apenas si ha escuchado media palabra de todo cuanto el señor Roth acaba de contar. Su atención y su mirada están fijadas en lo que acontece afuera de la maloliente caravana de su hermano. Bajo la luz de una parpadeante farola, entre los desvencijados montones de chatarra, Jake distingue la figura de su hijo Daniel abrazado a Alma, la hija de Gabrielle Grant. Llevan así casi diez minutos, mirándose, intercambiando las primeras y torpes preguntas y respuestas. ¿Dónde has estado? ¿Qué demonios ha pasado? “Diez minutos” piensa Jake – “¿A qué demonios estás esperando, chico?”

En ese instante, los labios de ambos jóvenes se encuentran por fin. Jake sonríe.

Jake Dalton (susurra): Ya era hora, joder…
James Roth (carraspea): Si ha terminado de espiar a su hijo, señor Dalton… Me gustaría poder aclararles un par de cosas.
Charlie Dalton (poniéndose una bolsa de hielo en un fuerte chichón): Para empezar, ¿a qué cojones ha venido esto?
James Roth: Mera precaución, señor Dalton. No podíamos correr el riesgo de que revelase nuestro paradero…
Billy Whitehouse: Perdone, señor… Roth, ¿verdad? (el aludido asiente) Ha dicho que era usted… ¿abogado?
James Roth: Podría decirse que si.

En los minutos siguientes, James Roth les habla de “Wolfram & Hart”, un bufete de abogados cuya jurisdicción no se limita a la Tierra… sino a las distintas versiones de la misma que existen en un infinito abanico de dimensiones alternativas. Explica cómo en uno de sus viajes entre mundos paralelos Daniel Dalton y el resto de los desaparecidos tropezaron con algo que había sido propiedad de “Wolfram & Hart”. Debido a su negligencia, Danny y los demás se vieron obligados a compensar sus errores trabajando para la propia firma. Si la historia no fuese de por sí lo bastante delirante, llega el momento en el que James Roth menciona que ese “algo” era un libro mágico. Y que su contenido eran almas. Almas que los demoníacos socios mayoritarios de “Wolfram & Hart” atesoran.

Charlie Dalton: Vale. Definitivamente esto se sale de la escala de gilipolleces.
Jake Dalton: Siento coincidir con mi hermano, Roth…
Billy Whitehouse: Está de broma, ¿verdad, señor Roth?
Paul Fesster: ¿En serio espera que nos creamos su historia, señor Roth? Si es alguna clase de tomadura de pelo…

Las quejas se suceden y se solapan unas sobre otras. James Roth se limita a bajar la cabeza, negar y sonreír con resignación. Suspira mientras rebusca en su carísimo y elegante traje.

Charlie Dalton (alarmado): ¡Cuidado! (ve que Roth saca una navaja automática) ¡Una navaja!
James Roth: Tranquilo, señor Dalton. (con un resorte, aparece la hoja de la navaja) Si le quisiera muerto, ya lo estaría.

Con un movimiento rápido, Roth clava la navaja con fuerza contra la palma abierta de su propia mano. La hoja entra por un lado y sale por otro.

Billy Whitehouse (horrorizado): ¿¡Pero qué está haciendo!?
James Roth (levemente dolorido): Darle pruebas de que no estoy de broma, señor Whitehouse.

James Roth extrae la hoja de la navaja. Ante los ojos de todos los presentes, la herida comienza a cerrarse. Para cuando la navaja vuelve al bolsillo de la que la sacó, la mano de Roth se encuentra totalmente curada.

Billy Whitehouse: Acojonante…
James Roth: ¿Y bien? (mira a su sorprendido público) ¿Se convencen ya de que lo que les he contado es real?

Nadie se atreve a decir nada. Al menos hasta que Billy Whitehouse consigue recomponerse.

Billy Whitehouse: Danny está aquí, de acuerdo… Pero, ¿qué hay del resto de los desaparecidos?
Charlie Dalton: Si, ¿qué han hecho con ese tarado de Vanister?
James Roth: Por lo que me pudo contar Danny, el profesor Vanister… falleció en el segundo de los saltos que realizaron.
Billy Whitehouse (visiblemente impactado): Vaya… (durante un instante casi teme hacer la pregunta) ¿Y “Perro Loco”? Era un chico indio, un Wakane. Su nombre real era Lucius, Lucius Washington. Era mi compañero en clase de química y…
James Roth (interrumpe): Lo siento, chaval.

Y Roth no necesita decir nada más. Billy siente como una pequeña parte de su mundo se derrumba.

Jake Dalton: ¿Y el crío de Powell? ¿Leonard?
Charlie Dalton: ¡Que le den, hermanito! Por mi como si…
James Roth (interrumpe): El señor Powell intentó suicidarse. Ahora se encuentra en una situación… complicada.
Charlie Dalton (incómodo): Vaya palo, ¿no? Joder…
Paul Fesster: ¿Y mi hijo, señor Roth?

James Roth se gira y lo mira durante un instante. Los segundos que tarda en articular su respuesta son claves, pues permiten que Danny haga una oportuna entrada, con Alma bajo el brazo.

James Roth: Me temo, señor Fesster que…
Danny Dalton (retomando la respuesta): Lo que el señor Roth quiere decir es que Fred está… en un lugar controlado.
Paul Fesster: ¿Lugar controlado? (nervioso: no le gusta nada como suena eso) ¿Se refiere en la cárcel? ¿¡Qué es lo que ha hecho!?
James Roth: Tranquilo, señor Fesster…
Paul Fesster (a Danny): ¿Por qué te han traído a ti y no al resto? ¿Por qué no has traído a Fred contigo?
Danny Dalton: Señor Fesster, por favor... En efecto, “Wolfram & Hart” son los responsables de habernos traído a mi y al señor Roth hasta aquí. Pero no fue para traerme de vuelta simplemente a casa.
Jake Dalton (se incorpora, algo nervioso): Entonces… ¿para qué?

Danny Dalton mira con gesto sombrío a James Roth. Éste se limita a asentir con la cabeza: están preparados para saberlo. Danny suspira antes de sentarse ante todos los presentes y soltar la bomba atómica.

Danny Dalton: Como os habrá explicado Roth, “Wolfram & Hart” es una especie de bufete: llevan litigios como cualquier otra firma de abogados. La diferencia… (le cuesta seguir sin que suene absurdo) La diferencia es que sus casos pueden afectar a mundos enteros.
Jake Dalton (tratando de dar sentido a sus palabras): Espera un segundo, chico…
Danny Dalton: Según los analistas del bufete, dentro de unas doce horas más o menos sucederá algo en esta realidad, en este mundo paralelo, que desencadenará la destrucción total de al menos cuatro universos alternativos. (mira a su padre) Papá, nos han enviado aquí para averiguar si este mundo será responsable o no de esa aniquilación.
Paul Fesster: ¿Y en caso de que lo fuésemos?

Danny Dalton mira a Roth buscando apoyo. Lo único que obtiene es una dramática y silenciosa negativa con la cabeza. Es una respuesta que deja a todos en silencio. Hasta que, por supuesto, Charlie Dalton.

Charlie Dalton: En serio… (mira a los demás) ¿Soy el único al que esto le parece una chorrada totalmente carente de sentido?
Rayna St. Johns (TW) (voz levemente electrónica): Lo cierto es que lo tiene. Tiene bastante sentido.

Todos miran en dirección a Alma: ésta muestra su móvil de última generación. A través de su pequeña pantalla, mediante conferencia de Skype, la malograda doctora Rayna St. Johns aguarda la reacción de los allí presentes.

Alma Grant (casi disculpándose ante el grupo): No me miréis así, joder… Pensé que convendría tener la opinión de un científico, ¿vale?
Danny Dalton (gratamente sorprendido): ¿Doctora St. Johns?

En apenas unos minutos, queda confirmada la teoría de la joven científica: Danny explica a su padre y los demás allí presentes que todo lo que les ha contado la doctora es cierto. Incluyendo la parte en la que le roban un vehículo militar diseñado para el salto entre dimensiones, confeccionado por el Devon Powell de dicho mundo alternativo.

Billy Whitehouse: Vale que sea cierto lo de los viajes a otras dimensiones y demás. Pero eso sigue sin explicar por qué creéis que lo que sea que vaya a acabar con esos universos tenga su origen en Springfield.
Alma Grant (combativa): ¡Vamos, Billy! Mañana se inaugura la planta Powell. ¿Vas a decirme que es casualidad que justo mañana sea cuando se supone que nuestra realidad se merienda a otras cuatro?
Rayna St. Johns (TW) (a través de Skype): La destrucción de esas cuatro realidades alternativas explicaría el supuesto “milagro” que tiene la nueva fuente de energía de Powell.
Danny Dalton (interesado): ¿Nueva fuente de energía? ¿la nueva planta Powell? (a la Doctora) ¿De qué está hablando, doctora?
Jake Dalton (poniendo la mano en el hombro a su hijo): Chico, creo que ahora te toca el turno de escucharnos a nosotros.

Y lo hace. Es la doctora quien pone en antecedentes a James Roth y Danny. Ambos escuchan con atención los detalles que St. Johns expone sobre ese extraño reactor de “antimateria” que Powell lleva un año construyendo. Él lo llama “Reactor Zero”, el mismo calificativo – Zero – que recibe ese supuesto nuevo tipo de energía que el reactor podrá proporcionar. Energía limpia. Sin contaminación. Y aparentemente infinita.

Rayna St. Johns (TW): La energía no puede crearse ni destruirse. Debe venir de algún sitio.
James Roth (mirando a Danny): Dios… Los universos borrados.
Danny Dalton: Consumidos más bien. (toma el móvil de Alma y habla a la doctora) Muy bien, doctora. Díganos como podemos encargarnos de ese Reactor…
Rayna St. Johns (TW) (mostrando los mapas que tiene colgados en las paredes de su refugio) El reactor principal está en la propia Planta Powell. Y a lo largo del perímetro del condado, Powell ha construido cuatro repetidores que forman una red.
James Roth: Espera un segundo… ¿Y si destruimos uno de esos repetidores? El dispositivo no se pondrá en marcha, ¿no?
Rayna St. Johns (TW): Es posible… Aunque también podría iniciar una retroalimentación agresiva que podría desencadenar una ola de antimateria y…
Charlie Dalton: Que podría mandar al infierno el puñetero pueblo, ¿no?
Rayna St. Johns (TW): Me temo que es posible…
Billy Whitehouse: Esperen un segundo… (mira a todos los presentes) ¿En serio se están planteando sabotear la inauguración?

El silencio es lo bastante revelador como para sonar como un rotundo y unánime “si”. Resignado, Billy suspira y se deja caer sobre el sucio sofá de Charlie Dalton.

Jake Dalton: Muy bien. Está claro que el Señor Fesster tiene pase de prensa y podrá entrar junto al resto de los periodistas en la Planta, ¿no es así?
Paul Fesster (mira su reloj): Si te das prisa, Billy, es posible que llegues a tiempo de pedir un segundo pase de prensa al gabinete de prensa de la Powell Corp.
Billy Whitehouse: Genial…(levantándose para coger la motocicleta) ¡Pero pienso cobrarle el kilometraje, señor Fesster!
Jake Dalton: Ya tenemos a dos dentro… (mirando a Alma) Esa foto que hiciste en la planta Powell... De alguna forma tuviste que colarte ahí dentro, ¿verdad?
Alma Grant: Hay un acceso subterráneo, a través de uno de los conductos de desechos. No es muy agradable, pero… (abre los ojos y mira desafiante a Jake) Pero si quieren que les indique como entrar, van a tener que dejarme ir con ustedes.
Jake Dalton: Es peligroso, chica…
Danny Dalton: Déjalo, papá. Si Alma dice que quiere ir… (la mira, con un guiño) Pero vendrás conmigo, ¿de acuerdo?
Alma Grant: Será al revés, ¿no? (pícara) ¿O acaso sabes donde está el acceso a ese conducto?
Jake Dalton: Muy bien. Vosotros dos entraréis por ahí. (mira a Charlie) Tu irás con ellos.
Charlie Dalton (sorprendido): ¿Yo? (quejumbroso) ¿Y por qué no vas tu?
Jake Dalton: El señor Roth y yo iremos a una de las torres que conforman la red que Powell ha montado en torno al condado. Seremos el plan B: si por alguna razón no conseguís frenar la activación del Reactor, nosotros nos encargaremos de tumbar la red.
James Roth: Eso está muy bien, señor Dalton… (señala el localizador de tobillo de Jake) Pero ¿qué piensa hacer con eso?
Charlie Dalton: Deja eso de mi parte, hermanito… (pulsando botones de su móvil) Conozco a un tío que nos puede echar un cable con eso.
Jake Dalton: Muy bien, pero date prisa… (mira a su hermano Charlie) En cuanto pueda quitarme la tobillera, tu y yo tenemos que hacer una visita a alguien.
Charlie Dalton: ¿Alguien? ¿A quien…? (de repente, Charlie abre los ojos y niega con la cabeza) Ni de coña, hermano. ¡Ese tío nos matará en cuanto pongamos un pie en su casino!
Jake Dalton: Puede ser… Pero también es el único que puede ayudarnos.

Casino Indio “LuckyCrow”
En el suburbio conocido como “Crowland”
15 horas, 12 minutos para la activación del Reactor.

Cuando termina de reír, las lágrimas recorren el semblante pétreo de Tyler Crow. Aun de pié, luciendo su elegante traje blanco y con el pelo levemente encanecido por los años; Tyler Crow aun tiene que ahogar unas últimas risas.

Tyler Crow: Tengo que reconocerlo, Jake… No has perdido el sentido del humor.

Al otro lado de su escritorio, en el elegante despacho que ocupa toda la octava planta del casino “LuckyCrow”; Jake y Charlie Dalton aguardan sentados en unos cómodos sillones tapizados en cuero. Dos matones armados de Crow aguardan la orden de su jefe de llevar a los invitados al aparcamiento y darles una buena paliza antes de dejarlos tirados en cualquier cuneta de mala muerte.

Tyler Crow: Esa arrogancia… (Tyler se sienta y busca un habano) Es típica de tu gente, Jake.
Jake Dalton: ¿Mi gente…?
Tyler Crow (interrumpe): ¿Sabes cuantas veces se han olvidado los periódicos de que uno de esos mocosos desaparecidos era un wakane?
Charlie Dalton: Escucha, Tyler. Nosotros…
Tyler Crow (sin dejar de mirar a Jake): ¿Crees que hablo contigo, perro? (tras clavarle una mirada letal a Charlie, vuelve su atención a Jake) Pero no es solo la desaparición, no. ¿Sabes cuantos de mi gente, cuantos wakane, murieron en tu mierda de mina, Jake? ¿Trabajando por una puta mierda? ¿Sabes cuantos murieron por tu culpa?
Jake Dalton: Si.
Tyler Crow: Claro que si… (enciende su habano) Y ahora que te han dejado salir vienes aquí a pedirme… (trata de evitar la risa) Que te ayude a mandar al cuerno el chiringuito de Powell. ¡El tío que más pasta y negocio ha traído a este jodido pueblo!

Tyler Crow levanta la vista y traza círculos de humo con su habano. Mira a sus invitados.

Tyler Crow: Esta puta reunión ha terminado. (mira a sus matones) Llevadlos al aparcamiento y dadles una buena paliza.

Los matones están a medio camino cuando los dos hermanos Dalton ya se han puesto en pie. Jake cierra los puños, dispuesto a salir de ahí aunque sea a puñetazos. Y por una vez, es Charlie quien da el clavo.

Charlie Dalton: ¿No quieres ayudarnos, Tyler? Pues perfecto. ¡Cojonudo! (le mira) ¿Sabes? Tienes toda la puta razón: Powell ha traído pasta a este pueblo de mierda, permitiéndote montar tus chiringuitos y tus chanchullos. Pero, si esa jodida planta de energía resulta ser lo que Powell asegura que es. Joder, si resulta que revoluciona las cosas de tal forma que acaba por poner a Springfield en el punto de mira de medio mundo … ¿De verdad crees que Powell va a seguir permitiendo que un gangster de medio pelo como tú siga actuando por aquí?

Tyler Crow hace un gesto con la mano y los matones se detienen. Charlie mira nervioso al gangster: aun no está del todo convencido. Necesita un último empujón.

Charlie Dalton: Es más, Tyler. Imagina que Powell te deja en paz. Cuando esta ciudad deje de ser el culo del mundo y sea la puta imagen de la prosperidad, cuando empiece a fluir el dinero… ¿De verdad crees que no vendrán peces más grandes dispuestos a coger una parte del negocio? ¿Los italianos? ¿los mejicanos? (sonríe maquiavélicamente) ¿Los rusos?

Tyler Crow apura su habano sin dejar de mirar a ese paleto arregla-tubos de escape que nunca le ha servido para nada más que para trucar algún que otro motor. No puede creer que ese gilipollas palurdo tenga tanta razón.

Tyler Crow: Muy bien… ¿Qué cojones necesitáis?
Jake Dalton: Necesitamos montar un buen jaleo en las puertas de la Planta Powell, justo antes de la inauguración. Ya hay varios colectivos ecologistas acampados en las inmediaciones, pero necesitaremos algo más… contundente.
Charlie Dalton: Una docena de tus matones nos podrían hacer el apaño. Puede que den un poco el cante entre tanto ecologista hippie, pero…
Tyler Crow: Vale. Puede hacerse.
Jake Dalton: Hay algo más…

Tyler Crow lo mira al borde de la paciencia. Jake, sin embargo, sonríe.

Jake Dalton: ¿Tienes explosivos?

Alrededores de la Planta Powell.
Al amanecer.
1 hora y 59 minutos para la activación del Reactor.

Los primeros rayos de sol caen sobre la Planta Powell. Aun en la distancia, Jake Dalton es capaz de ver la masa de manifestantes que permanecen acampados en sus alrededores. Apoyados en el morro del Impala, Danny y Alma comparten un cálido abrazo mientras el hermano de Jake, Charlie, prende el cigarrillo que acaba de dar a James Roth. Mira al peculiar grupo que se ha reunido allí esa mañana para salvar al mundo. Aun está a tiempo de dar marcha atrás en toda esta locura.

Es entonces cuando escucha el motor del camión acercándose. Viendo a los hombres de Tyler Crow que van en la parte de atrás, Jake se da cuenta de que ya no hay vuelta atrás.

Ricky: ¡Charlie! (el conductor del camión baja y abraza al más díscolo de los hermanos Dalton) ¡Cuánto tiempo, hijo de perra!
Charlie Dalton: No el suficiente, bastardo (responde al abrazo) ¿Estos son los “broncos” de Tyler?
Ricky: Armarán el suficiente follón como para distraer a la mayor parte de los tíos de seguridad que haya dentro. Por cierto…(cogiendo una mochila del interior del camión) Esto es para ti. (arroja la mochila a Jake, que la intercepta al vuelo) Tyler dice que es lo que pediste. Y que lo manejes con cuidado si no quieres acabar convertido en huacamole.

El camión sigue su camino en dirección a la entrada del complejo industrial Powell. Mientras se aleja, Jake ve como varios de los matones de Tyler Crow llevan entre las manos cajas con cockteles molotov. Su vista tropieza ahora con los ojos de Alma, que delatan desaprobación pero que, al mismo tiempo, comparten el mismo pensamiento de Jake: no hay vuelta atrás.

James Roth (sacando a todos de sus pensamientos): Bueno… Es hora de ponernos en marcha, ¿no?
Jake Dalton (mirando a su hijo Danny): Tenéis claro el plan, ¿no?
Danny Dalton: ¿Y tú? (sonríe señalando la motocicleta de Billy Whitehouse) ¿Sabrás conducir eso?
Jake Dalton: El señor Roth tendrá que ir de paquete hasta que lleguemos a uno de los repetidores… pero creo que si (la ironía desaparece de su tono) Ten mucho cuidado, hijo.
Danny Dalton: Tu también, Papá.
Charlie Dalton: Vale, no os pongáis dramáticos…(recarga su escopeta) ¡Que no parezca una despedida, joder!

Jake los ve adentrarse a pie, a través de las áridas llanuras que rodean el inmenso complejo industrial Powell.

Jake Dalton: Muy bien. (mira a James Roth, poniendo la mochila sobre su hombro) Comienza el espectáculo.

CONTINUARÁ...

domingo, 6 de mayo de 2012

Sesión 02-04-12 - END OF THE ROAD (3 de 6)



4x03 – NEVERFIELD: END OF THE ROAD

Domicilio de los Fesster.
Sótano.
19 horas, 40 minutos para la activación del Reactor.

Jake Dalton: ¿De donde la has sacado?

Durante los últimos cinco minutos ninguno de los presentes ha osado interrumpir a Jake Dalton. Éste, de pie y con su mirada fija en la instantánea tomada por Alma Grant, apenas si ha respirado en todo ese tiempo. Trata de contener la sensación de esperanza. Sabe lo engañosa que ésta puede llegar a ser. Los ojos duros y fríos de Jake Dalton pasan de la imagen inmortalizada de su hijo a la joven de estética gótica que lo mira con una mezcla de forzada arrogancia y nerviosismo mal disimulado.

Alma Grant: Ya se lo he dicho… Me había subido a lo alto de una de las torres de refrigeración de la Planta Powell para intentar tomar algunas fotos de ese reactor que van a poner en marcha mañana… De repente escuché el sonido de disparos y la alarma. Y entonces los vi: a él y a otro hombre trajeado al que no reconocí. Estaban huyendo de la seguridad privada de Powell.

Con el chasquido de una lata de cerveza abriéndose, Charlie Dalton deja claro que ha regresado de la cocina.

Charlie Dalton (cogiendo la foto de manos de su hermano Jake): ¿Y qué pasó después, muñeca?
Alma Grant (con desprecio): En cuanto escuché los disparos me puse a cubierto. Y salí corriendo de allí… (le quita la foto a Charlie) Y no me llame “muñeca”, ¿vale?

Jake Dalton la mira. La chica tiene carácter. Le recuerda a alguien. El comentario de su hermano Charlie le desvela las dudas que pudiera tener sobre su identidad.

Charlie Dalton (irónico): Caramba con la mocosa de Gabrielle. Joder… Ha salido a su madre.
Jake Dalton: ¿Gabrielle? (mira a Charlie) ¿Gabrielle Grant?
Charlie Dalton: Pues si, hermano. La hija de los dueños del matadero Grant. Ahora tiene una tienda de chorradas “new-age” en el centro…
Jake Dalton (mirando a Alma): Tu madre… ¿Es Gabrielle Grant?

Alma mira incómoda a Jake. Para ella es como estar ante una jodida leyenda viviente. Ha oído hablar mucho de él. Demasiado. Jake, por otro lado, siente cómo los años pasados en la cárcel le caen como una pila de ladrillos. Gabrielle Grant madre. ¿Quién lo diría?

Alma Grant: Pues si, ¿pasa algo? (recoge la fotografía) Oiga, yo he venido aquí para traerle esto al señor Fesster. Si no piensa publicarla…
Billy Whitehouse (interrumpiendo): ¡JODER!

Todos miran en dirección al fondo de la habitación: allí, a los mandos de ordenador, un impresionado Billy Whitehouse mira completamente alucinado la pantalla. Ha visto una y otra vez el misterioso video que le fue enviado a Paul Fesster a la redacción.

Billy Whitehouse (algo avergonzado) Uy, perdón. No sabía que… (se quita los auriculares) Esto es… Joder. ¡Es una pasada!
Alma Grant (quitándole importancia): Sigo diciendo que es un montaje.
Jake Dalton: Tu foto también podría serlo…
Billy Whitehouse: No, señor… (traga saliva al recordar con quien está hablando) Señor Dalton. Verá la fotografía que tomó Alma es analógica y la acabamos de revelar en el laboratorio del periódico. Es imposible que la haya retocado vía digital… Este video sin embargo…
Charlie Dalton: Pues yo estoy con la muñequita Grant… (eructa) Para mi que el video es una farsa. Además (lanza la lata de cerveza a una papelera) ¡ni tan siquiera sabemos quien lo envía!
Paul Fesster (atrapando la lata en el aire): Ahora sí.

La atención de todos se centra ahora en el hombre que acaba de bajar por las escaleras, guardando su teléfono móvil en la vieja chaqueta que luce.

Jake Dalton: ¿Y bien? ¿Alguna novedad?
Paul Fesster: Cuando los chicos desaparecieron, la mayor parte de las acciones que llevé a cabo para mantener viva la investigación fueron a través de Internet. Hay un grupo de “hackers” europeos que se dedican a echar un cable en casos similares a este. El caso es que he podido contactar con uno de ellos y ha podido localizar el punto desde el que se envió ese video.
Billy Whitehouse (sorprendido): ¿En serio? ¿Y de donde viene?
Paul Fesster: Del propio Springfield. De un punto bastante específico.
Alma Grant (agarrando su mochila): Bueno, yo tengo que irme…
Paul Fesster (le bloquea el paso): No tan deprisa, señorita Grant.
Jake Dalton: ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?
Paul Fesster: El video fue enviado desde un ordenador en la tienda de Gabrielle Grant. (mira a la chica) Imagino que tendrá mucho que contarnos, ¿verdad?

Tienda “Dragon´s Lair”.
Main Street, Springfield.
19 horas, 12 minutos para la activación del Reactor.

Gabrielle Grant (perdiendo la paciencia): Por última vez… Voy a tener que pedirles que salgan de mi tienda.

Pocos minutos atrás, la primera reacción de Gabrielle al ver entrar a su hija Alma acompañada de Paul Fesster y el joven aspirante a reportero Billy Whitehouse fue de esperanza. Fue aquello lo que la hizo recibirlos con una sonrisa: la creencia de que el dueño del periódico local quisiera hablar con ella tuviese que ver con sus constantes protestas ante la inminente inauguración de la Planta Powell. Cuando vio entrar a Jake y Charlie Dalton, sin embargo, su gesto se torció, evidenciando aun más las pronunciadas ojeras y el semblante levemente cadavérico que las últimas sesiones de quimioterapia habían dejado en Gabrielle.

Paul Fesster: Gabrielle, por favor. Tengo pruebas de que alguien ha enviado un correo a la redacción desde aquí…
Gabrielle Grant: ¿Y con qué ordenador, eh? (señaló los distintos estantes y muestrarios de la tienda, llenos de chucherías “new-age”) Por favor, señor Fesster, si no va a hacer nada ante la inauguración de esa infame planta de energía…
Jake Dalton (interrumpiendo): Tu hija nos lo ha contado todo, Gabrielle.

Gabrielle enmudeció: hasta ese momento, Jake Dalton no había abierto la boca. Escucharlo hablar era la prueba definitivamente de que no era una alucinación: estaba allí. Tras tantos años… Gabrielle se anudó nerviosa el pañuelo con el que ocultaba la pérdida de su cabello. Desvió su mirada de Jake hacia Alma, en parte porque no quería que la notase avergonzada por su estropeado aspecto. En parte porque trataba de buscar el gesto de su hija diciéndole que no; que no les había contado nada y que iban de farol.

Por desgracia, Alma asintió en silencio rompiendo tales expectativas. Gabrielle suspiró resignada y salió del mostrador en dirección a la puerta principal. Puso el cartel de “Cerrado” y echó la persiana dejando en penumbra el local.

Gabrielle Grant: Hará poco más de un año, comencé un tratamiento de quimioterapia en Los Ángeles. Tan solo mi hija Alma lo sabía y preferí mantenerlo en secreto en un primer momento. Eso no solo me obligó a cerrar la tienda de cómics del sótano para costear el tratamiento… además nos obligaba a Alma y a mi a conducir toda la noche para no levantar sospechas.
Charlie Dalton: Vale, conmovedor. Pero ¿qué cojones tiene que ver con…?
Gabrielle Grant (interrumpe): Ocurrió hace aproximadamente un año. Más tarde comprobaría que fue la misma noche en la que la Planta Powell tuvo aquel accidente pero en aquel momento no até cabos.

Gabrielle conduce a los Dalton, Paul Fesster y Billy Whitehouse hasta las escaleras que llevan a lo que antaño fuese el sótano donde estaba la tienda de cómics.

Gabrielle Grant (rebuscando la llave en sus bolsillos): Alma y yo íbamos con el coche. Estábamos a punto de entrar en el condado de Springfield cuando la vimos. El cuerpo de una mujer tendido en mitad de la carretera.

La comitiva encabezada por Gabrielle se detiene ante unas pesadas puertas que bloquean el acceso al sótano. Un pesado candado pende una férrea cadena.

Gabrielle Grant (abriendo el candado): Estaba muy grave. Parecía como si alguien le hubiese dado una paliza o algo parecido. Había perdido mucha sangre y llevaba bata de científica… así como un pase de seguridad de Industrias Powell.
Paul Fesster: ¿Y por qué no dieron parte de todo eso? ¿Por qué no la llevaron al hospital?
Gabrielle Grant: Lo intentamos, pero ella recuperó la conciencia apenas entramos en el pueblo. Dijo que no, que la encontrarían. Y que la matarían.

Gabrielle golpea varias veces la puerta, conformando alguna clase de santo y seña. Tras haberlo hecho, abre las puertas.

Al principio, los fluorescentes del sótano parpadean dejando entrever lo que parece haberse convertido en el santuario obsesivo de un científico chiflado: los muros de la estancia se encuentran cubiertos de anotaciones y diagramas. Tableros de corcho están cubiertos de mapas de la región con infinidad de post-it y chinchetas marcando puntos. Hay recortes de prensa. De revistas, de páginas web… Paul Fesster reconoce las pautas de esa meticulosa y excesiva indagación. La misma que la suya. Por primera vez, se percata de hasta qué punto lo ha arrastrado su obsesión… pero ha tenido que verlo en otra persona.

La misma persona que trata de esconderse en cuanto ve que Gabrielle ha llegado acompañada. Trata de buscar protección tras una mesa sobre la que reposa un ordenador.

Gabrielle Grant (tranquilizando): Tranquila, tranquila… Son amigos. Son de confianza.

La chica se incorpora empuñando un cutter. La larga melena que cubre parcialmente su cara y el chándal viejo que lleva hace que a Jake y Charlie Dalton les cueste reconocerla. Paul Fesster es el primero que ata cabos.

Paul Fesster: ¿Rayna…? (atónito) ¿Doctora Rayna St.Johns? (mira a Gabrielle) ¿Qué hace aquí? Pensé que Devon Powell se la había llevado a su mansión tras cancelar la ceremonia…
Gabrielle Grant (extrañada): ¿La ceremonia? Me temo que eso no es posible…
Billy Whitehouse: Se lo puedo asegurar, Señor Fesster. ¡Se la llevaron a la mansión Powell!
Gabrielle Grant: Señor Fesster, no niego que Rayna ha podido enviar ese correo electrónico del que habla. Pero le garantizo que es imposible que Rayna haya estado esta mañana en la ceremonia.
Charlie Dalton: ¿Y cómo cóño está tan segura?
Rayna St. Johns (TW): Porque no he salido de este sótano en casi un año, señor.

Todos la miran. Su voz suena quebrada, asustadiza. Pero también extrañamente lúcida.

Rayna St. Johns (TW): Les aseguro que puedo explicarles por qué me han podido ver esta mañana. Lo que no puedo asegurar es que vayan a creerme.

Ante la Tienda “Dragon´s Lair”.
Main Street, Springfield.
18 horas, 59 minutos para la activación del Reactor.

Charlie Dalton: Vosotros haced lo que queráis (saliendo de la tienda) Yo ya he tenido suficientes chorradas por hoy.
Jake Dalton: Charlie, espera.
Charlie Dalton (parándose a unos metros del Impala): Venga, hermanito… ¿Que ese chalado de Vanister inventó una puta máquina para saltar en el espacio-tiempo? ¿Que Danny y los demás chavales acabaron en una puñetera dimensión alternativa? ¡¿En serio te vas a tragar esa mierda?!

Aunque Charlie había sido el primero en salir en estampida del local, lo cierto es que todos habían guardado un prudencial silencio de casi cinco minutos tras la larga – e increíble – explicación que aquella doble de la Doctora Rayna St. Johns les había dado.

Jake Dalton: ¿Has visto a esa mujer, Charlie? Dime que no es la misma a la que hemos visto esta mañana…
Charlie Dalton: ¡Joder, Jake! ¡Serán gemelas! Esto tiene toda la pinta de una movida montada por ese cabrón de Powell para jodernos, hermanito. Si tu quieres tragarte ese cuento de que un Devon Powell de otra dimensión ha venido hasta la nuestra y que se trajo consigo a otra Rayna St. Johns con él, ¡por mi perfecto!
Jake Dalton (ve como su hermano entra en el coche): Charlie…
Charlie Dalton: Además, si como ella dice el Powell al que vimos esta mañana es el impostor… ¿Dónde cóño está el de nuestro mundo?
Jake Dalton: Ya la oiste…
Charlie Dalton: Si. Dijo “posiblemente muerto” (pone el coche en marcha) Pues yo no pienso acabar así, hermanito.

Jake ve alejarse el Impala mientras siente como la puerta de la tienda se abre tras él. Paul Fesster, Billy Whitehouse y Alma Grant salen en tropel.

Paul Fesster (inquieto): ¿A donde va su hermano?
Jake Dalton (quitándole importancia): Seguramente a la chatarrería. A beber tequila hasta caer dormido.
Alma Grant (mirando al coche que se aleja): Ese tío no es de fiar…
Paul Fesster: Tiene razón, señorita Grant… (mira a Billy) ¿Billy?
Billy Whitehouse (quejumbroso): Señor Fesster, por favor...
Paul Fesster: Billy...

En poco menos de un minuto, la motocicleta de Billy Whitehouse se pierde entre las calles del centro de Springfield, en un intento por seguir de cerca a Charlie Dalton. Una vez el petardeo del ciclomotor se desvanece, Paul Fesster se encara con Jake.

Paul Fesster: ¿Cree que su hermano no nos venderá a Powell?
Jake Dalton: Tanto como creo en la historia de la mujer del sótano…
Paul Fesster: Entonces, ¿cree que tiene razón? (su voz tiene un quiebro de temor) ¿Cree que los muchachos están… vivos?
Jake Dalton: Lo único que creo es lo que veo con mis propios ojos (se gira a Alma) Y según esa foto que tomaste, mi chico está vivo.
Paul Fesster: Si consiguió escapar de la Planta Powell podría estar en cualquier parte. (mira a Jake Dalton) Es su hijo, señor Dalton… ¿Dónde cree que se escondería?

Jake Dalton guarda silencio. ¿Dónde se escondería alguien con quien no ha tratado en casi dieciséis años? ¿Dónde se escondería alguien a quien no conoce de nada?
La voz de Alma le saca dolorosamente de sus pensamientos.

Alma Grant: Creo que tengo una idea de donde puede estar… (mira a Jake) Pero no creo que le guste.

Alrededores de la Mina Dalton.
18 horas, 9 minutos para la activación del Reactor.

Alma Grant: Señor Dalton… ¿Se encuentra usted bien?

La suave voz de la joven lo saca de sus pensamientos. Jake Dalton devuelve una mirada aturdida a Paul Fesster y Alma Grant, las dos personas que lo miran desde la entrada a la fantasmagórica mina abandonada.

Jake Dalton: Si, si… (sus ojos pasean por el inquietante escenario) Yo… Estoy bien.

La tarde se les ha echado encima mientras conducían la ranchera de Paul Fesster. Ahora, los haces de las linternas son lo único que rompe la oscuridad que reina entre las destartaladas y siniestras ruinas de lo que fue una orgullosa planta de extracción minera. Los carteles de “Peligro” son un obvio recordatorio de lo que representa el lugar para Jake Dalton. Es como pasear por un museo del remordimiento y la culpa.

No tardan en rodear la enorme montaña y empezar el ascenso por una zona más apartada: un sendero natural que facilita la subida hasta la cima.

Paul Fesster (algo cansado): ¿Queda… queda mucho?
Alma Grant: Es arriba del todo. A Danny le gusta ir allí cuando quiere pasar de todo.
Jake Dalton (inquisitivo): Veo… (esfuerzo) Veo que conoce bien a mi chico, señorita Grant.
Alma Grant: Mejor que usted (un último esfuerzo antes de llegar a la cima) Si fuese Danny y me estuvieran persiguiendo, créame… vendría a este lugar.

En la cima, los haces de las linternas dejan ver un viejo cobertizo. En tiempos fue el acceso del ascensor principal de la mina. Ahora está sellado y cubierto de musgo y suciedad. Por un segundo, Jake contiene la respiración al ver que hay algo que parece esconderse tras el cobertizo.

Jake Dalton: ¿Hijo…?

El haz de luz es tan revelador como cruel, rompiendo las esperanzas de Jake. El estuche de una guitarra es lo único que queda.

Alma Grant (acercándose): Es la guitarra de Danny. La traje aquí hace meses, cuando dejaron de buscarlo… (pasa los dedos sobre su polvorienta superficie) Por aquí no ha pasado nadie en todo este tiempo.
Paul Fesster: Si no está aquí, ¿Dónde…?

El móvil del viejo periodista suena casi a modo de respuesta.

Paul Fesster (contestando): Billy, ¿qué ha…? (escucha con atención) Tranquilízate, por favor, ¿qué…? (escucha y su semblante aumenta de gravedad) ¿¡Qué!? Está bien, ¡está bien! Escóndete y vigila todo lo que pase, ¿de acuerdo? ¡Vamos para allá!

Paul cuelga y mira a unos visiblemente inquietos Jake y Alma.

Paul Fesster: Alguien ha entrado en la chatarrería de Charlie… (mira a Jake) Tienen a su hermano.

Exterior de la Chatarrería Dalton.
17 horas, 39 minutos para la activación del Reactor.

Jake Dalton: Quédese en el coche.
Alma Grant: ¿Qué? (quitándose el cinturón) Ni de coña, ¿vale?
Paul Fesster: Señorita Grant, tiene razón el señor Dalton. Podría ser peligroso…
Jake Dalton (interrumpe): Eso también iba por usted, Paul.
Paul Fesster (señala el interior de la chatarrería): ¡Sean quienes sean los que están ahí dentro, no solo tienen a su hermano, Jake! ¡También han cogido a Billy! ¡Y si algo le pasa por mi culpa…!
Jake Dalton: Por última vez… (sale del coche, cerrando la puerta y dando por concluida la discusión) Quédese en el maldito coche.

Mientras atraviesa la carretera y se desliza entre las compuertas herrumbrosas de la vieja chatarrería; Jake no necesita ser vidente para saber que Paul Fesster le seguirá los pasos en breve. Sólo espera que la chica, Alma, sea un poco más sensata y permanezca en el coche. Si Charlie tenía razón, es posible que los que están dentro de la caravana que le servía de cuchitril a su hermano sean matones pagados por Devon Powell. Que le partan un par de dedos o dientes a Charlie no preocupa a Jake. Pero tienen también a ese chaval, a Whitehouse. Y eso sube las apuestas. No piensa dejar que hagan daño al chico.

Jake se desliza en silencio entre las montañas de chatarra que se apilan de forma caótica por la explanada de la chatarrería. Por un segundo, Jake se siente satisfecho por haber encontrado un negocio que ni un patán como su hermano Charlie ha podido arruinar en dieciséis años. Finalmente llega hasta la caravana. La puerta está abierta, hay luz y se escucha movimiento en su interior.

Entra sigilosamente, tratando de no alertar al individuo trajeado que, de espaldas a él, termina de atar y amordazar a un inconsciente Billy Whitehouse. El hermano de Jake, Charlie, permanece también maniatado como un salchichón a un lado, sobre un sofá decorado con manchas de pizza, cerveza y Dios sabe que más. Jake aguarda en silencio, preparado para saltar sobre el misterioso tipo trajeado en cuanto se de la vuelta.

James Roth (ND): Muy bien… Ya está.

Dicho esto, el tipo de trajeado se da la vuelta. Y cuando lo hace, sus ojos se topan con los de Jake.

Jake Dalton: Hola.

El joven trajeado que tiene ante sí no parece demasiado sorprendido. Jake no puede reconocerlo porque no lo ha visto jamás en su vida. Sin embargo, sí reconoce el sonido característico de un revolver amartillándose a su espalda. Y reconoce también la caricia de su cañón apoyándose en su nuca.

Danny Dalton (a espaldas de Jake): Date la vuelta… Muy despacio.
Jake Dalton no ha escuchado jamás la voz de su propio hijo. Y sin embargo, siente un escalofrío cuando reconoce algo en ese tono duro, directo y un poco prepotente. A fin de cuentas… es lo que él mismo hubiera dicho en su lugar. Quizá por eso los segundos que tarda en obedecerle y darse la vuelta pasan tan lentos como si fuesen años. Dieciséis concretamente.

Jake Dalton: ¿Danny?

El cañón del arma tiembla un poco para caer lentamente al tiempo que los ojos del chico se abren de par en par.

Danny Dalton: Pa… ¿Papá?

CONTINUARÁ...

domingo, 29 de abril de 2012

Sesión 02-04-12 - END OF THE ROAD (2 de 6)


4x02 – NEVERFIELD: END OF THE ROAD

Plaza Lincoln. Sprinfield.
22 horas, 19 minutos para la activación del Reactor.

Jake Dalton había imaginado muchas veces cómo sería su regreso a Springfield. Más de quince años en la cárcel dan para mucho imaginar. Gritos de asesino, por supuesto. Botellas y otros objetos arrojados contra él, por descontado. Pero jamás imaginó que un silencio como aquel pudiera ser tan devastador. La Plaza Lincoln está atestada: no sólo los periodistas y cadenas de televisión estatales han venido a cubrir el evento. Todos los curiosos del condado han movido su culo hasta allí. La triste realidad es que la inmensa mayoría de ellos no está aquí por los chicos desaparecidos. La mayoría sólo han venido para ver si era cierto. Ver si Jake Dalton tenía los huevos de aparecer en persona.

Jake Dalton sale del viejo Impala de su hermano, sintiendo que en cualquier momento alguien romperá el silencio. Quizá sea el estampido de un rifle, en una azotea cercana. Y sus sesos desparramados sobre el capullo de Charlie. Pero nada de eso ocurre. Al menos, de momento. Cuando sus ojos se encuentran con los del viejo sheriff Thompson, comprende que él piensa lo mismo.

Sheriff “Rayo” Thompson (un apretón de manos): Jake… Ha pasado mucho tiempo.
Jake Dalton: Sheriff…
Sheriff “Rayo” Thompson (mirando a la silenciosa multitud) Espero que no haya problemas…
Charlie Dalton: Nah, Sheriff. Veo que tiene controlada a la peña.
Sheriff “Rayo” Thompson (sin dejar de mirar a Jake) No es la gente la que me preocupa, Charlie.

Sobre el escenario, el alcalde Roswald Sullivan se ajusta su traje de los domingos y trata de peinar los escasos tres pelos que cubren su calva. Adora tener tanto público y eso se deja entrever en el torpe discurso que lanza para abrir el ceremonial. Jake y Charlie Dalton entran en la zona reservada para los invitados: un puñado de hileras de sillas plegadas frente a una tarima de discursos y un monolito cubierto por una lona.

Charlie Dalton (susurra a su hermano): Ahí llega el hijo de puta mayor del reino…

Jake comprueba como Devon Powell se detiene en mitad del pasillo, apretando las manos en señal de condolencia de otro de los afectados padres, Paul Fesster. Los comentarios son tan afectuosos que casi parece que Powell no hubiera perdido a un hijo en la desaparición.

Charlie Dalton (susurrando): Te apuesto una botella de mi mejor tequila casero a que ese cabrón de Powell aprovecha el discurso para hacer publicidad de su nueva planta industrial…

No llega a terminar la frase: Charlie se da cuenta casi demasiado tarde que Devon Powell y su pequeña legión de guardaespaldas se encuentra ya a su lado. El viejo Devon Powell se apoya en su bastón, haciendo un esfuerzo por disimular el dolor de su pierna. Tiende la mano a Jake y éste retiene su saludo el tiempo suficiente como para hacerle sentir incómodo.

Devon Powell: Dalton…
Jake: Powell.

El apretón de manos, captado por infinidad de cámaras, resulta para ambas partes tan agradable como el rechinar uñas sobre pizarra. Uno es el hijo pródigo de Springfield, el que casi acaba con el pueblo. El otro, es el hombre que lo salvó. Lo que no está claro es quien es quien.

Plaza Lincoln. Springfield.
21 horas, 56 minutos para la activación del Reactor.

Paul Fesster (fuera de sí): ¡Esto es intolerable!
Alcalde Roswald Sullivan (tapando el micrófono): Por favor, señor Fesster… Paul… No ponga las cosas más difíciles.

El murmullo se apodera de la concurrencia al tiempo que empiezan a escucharse los primeros silbidos de protesta. Mientras su hermano Charlie se levanta, gritando contra la interrupción del acto; Jake no se mueve. Se limita a mirar con mucha atención cómo la comitiva de Devon Powell y sus guardaespaldas procede a abandonar la ceremonia. Los ve pegados a sus móviles. Algo gordo ha tenido que suceder. La atención de Jake aumenta cuando se percata de que alguien más se va con Powell y compañía.

Jake Dalton (señalándola): ¿Quién es?
Charlie Dalton: ¿Esa pava? (agudiza la mirada) Ni idea, colega. ¿Una scort pagada por Powell? ¡Qué se yo! Pero, ¿has visto eso? El hijo de perra de Powell convierte el discurso en memoria de su hijo en jodida publicidad para la inauguración de la planta de energía. ¡Y ahora van y cortan al pobre Fesster cuando recuerda a su hijo! ¿¡Vas a quedarte ahí parado!?
Jake Dalton: Ni de coña.

Pero mientras Paul Fesster sigue luchando por mantenerse en el escenario, acusando – con toda la razón del mundo – de injusta la interrupción del evento; Jake camina en dirección a la salida. Antes de poder alcanzarlos, ve como la chica entra en la limusina de Devon Powell. Es joven, no más de treinta años. Afroamericana y muy atractiva. Viste un elegante traje de color gris y oculta sus ojos en gafas de sol. Un guardaespaldas de Powell se interpone antes de que Jake pueda decir nada.

Jake Dalton (llamándolo por encima del guardaespaldas): ¡Powell!
Devon Powell (mientras sube al coche): Dime una cosa, Dalton… (lo mira antes de subir) ¿Qué harás con las últimas horas de libertad que te quedan en esta vida?
Jake Dalton: No temas, Powell… Tendré tiempo para visitarte.

Jake observa como la limusina se aleja. Corriendo, con la compostura ya completamente perdida, llega un iracundo Paul Fesster. Jake lo mira y apenas si puede reconocer al hombre serio y estable al que conoció más de quince años atrás. Uno de los pocos que creyeron en él.

Paul Fesster (iracundo): ¡Powell! ¡POWELL!
Jake Dalton: Es inútil, Paul. (lo mira) Paul Fesster… Cuanto tiempo.
Paul Fesster (lo mira de arriba abajo, como quien ve a un fantasma): Jake… Jake Dalton. (trata de recuperar la compostura) Yo… yo… (tose) Siento lo que pasó… Mi periódico no…
Jake Dalton: Paul… (pone su mano en el hombro) Casi pierdes el periódico por salir en mi defensa hace quince años.
Paul Fesster (señala la limusina de Powell): Ese bastardo… (rebusca su móvil en su chaqueta y topa antes con una petaca plateada) Perdona… (la vuelve a guardar, algo avergonzado hasta dar con el móvil) Vamos a ver a donde va…
Jake Dalton (mientras marca el número): ¿Tienes forma de rastrearlo con tu móvil?
Paul Fesster: Algo así… (alguien contesta al otro lado) ¿Whitehouse?

Alrededores de la Mansión Powell.
21 horas, 4 minutos para la activación del Reactor.

Aferrado a una de las ramas más altas del robusto árbol, Billy Whitehouse deja de pensar por un momento en la cantidad de problemas legales que le puede acarrear el hecho de que lo pillen fisgoneando en plan paparazzi. Por un segundo, deja de preocuparse por la pesadilla legal que podría desencadenar Devon Powell sobre el periódico del señor Fesster. Y luego iría a por Tío Johnatan y Tía Martha. Todo eso pasa a un segundo plano cuando por tercera vez, Billy está a punto de caer desde lo más alto del árbol.

Al otro lado del muro, la orgullosa mansión Powell parece siniestra incluso con el brillante sol del mediodía haciendo brillar las aguas de su lago privado, iluminando sus muros victorianos cubiertos de hiedra. Un par de guardaespaldas trajeados montan guardia en los jardines de la parte de atrás. Tan profesionales y atentos como los cuatro que custodian la parte frontal.

Billy lleva casi tres cuartos de hora allí escondido. Lo cierto es que al principio fue emocionante: estaba a punto de salir a Lincoln Square para tomar buenas fotos de la ceremonia cuando le llamó su jefe, el señor Fesster. Y le soltó la clásica frase que todo jovenzuelo aspirante a periodista quiere escuchar.

Paul Fesster (por teléfono): Billy, quiero que cojas la motocicleta de reparto y que sigas a la limusina de Devon Powell.

Y lo cierto es que no fue difícil. Si le vieron, probablemente los guardaespaldas de Powell pensarían que no podía haber nada menos amenazante en esta vida que el joven Billy subido en su motocicleta y calzado con su casco de protección reglamentario. Como digo, fácil.

Al menos, hasta que llegaron al cruce de Main Street con la vía del tren. En ese punto había un todoterreno negro esperando a la limusina. De ella bajaron dos guardaespaldas y una mujer joven a la que subieron al otro coche. A Billy le resultó vagamente familiar pero no consiguió situarla. Entonces, la limusina siguió su rumbo en dirección sur, a la planta Powell. Y el todoterreno tomó el viejo camino de la mina Dalton. Billy podría haber llamado de vuelta a su jefe, podría haber tirado una moneda al aire… Pero en su lugar prefirió arriesgarse y seguir su instinto periodístico.

Y por eso llevaba aburrido los últimos veinte minutos, apostado como un triste paparazzi en lo alto de aquel árbol. Desde que metieron a la mujer joven en el interior de la mansión, no había habido movimiento alguno. Billy comenzaba a pensar que se había equivocado.

Entonces, una machacona sintonía de ocho bits que trataba de parecerse lejanamente al “Highway To Hell” de los AC/DC comenzó a sonar en su móvil. Una milagrosa cabriola le salvó de caer al vacío y contestó en susurros. Al otro lado, la voz nerviosa de Alma Grant estaba a punto de darle la confirmación definitivamente de que la acción estaba en otro lugar.

Billy Whitehouse (tratando de no caer): ¿Alma? En serio… No es buen momento. Si es por el artículo ecologista en contra de la Planta Powell…
Alma Grant (por teléfono, interrumpe): Billy, cierra la boca y escúchame, ¿vale? (Alma nunca había sonado tan convincente) Hay algo que necesito que veas.

Domicilio de los Fesster.
Sótano.
20 horas, 32 minutos para la activación del Reactor.

Charlie Dalton (asombrado, mirando a su alrededor): Fesster, tengo que reconocerlo. Cuando entramos por la puerta de tu casa y tu mujer nos preguntó si habíamos recogido a tu hijo del campamento pensé que no se podía estar peor de la cabeza… (vuelve la vista y mira a Paul) Pero esto lo supera, colega.

Jake golpea la cabeza de su hermano con fuerza, haciendo volar la gorra de los “Bulls” por los aires. En silencio, Paul agradece el gesto a Jake. Sin embargo, la mirada de los dos al entrar en el sótano revela que ambos opinan lo mismo. La diferencia es que Charlie es más bocazas.

Jake Dalton: No has perdido el tiempo, Paul… (observa las paredes cubiertas de anotaciones, recortes, mapas de la zona) ¿Alguna teoría?
Paul Fesster: Demasiadas… (rebuscando entre sus apuntes y los papeles que lo cubren todo) Pero no es eso por lo que os he traído aquí… ¡Aja! (toma uno de los recortes de prensa y lo muestra a los hermanos) ¿La reconocéis?

Ambos miran el fragmento de revista. Es un artículo de ciencia cuya compleja termología lo hace prácticamente ilegible. La foto de su autora es más reveladora.

Charlie Dalton: ¿No es la negra que estaba con Powell? ¿La puta de lujo?
Paul Fesster: Su nombre es Rayna St. Johns. Era una prestigiosa investigadora de la universidad de Los Ángeles hasta que hará cosa de unos siete u ocho meses entró a trabajar en la planta Powell… (el tono de Fesster se vuelve sombrío) Pero estuvo antes aquí, en Springfield.
Jake Dalton: ¿Cuándo?
Paul Fesster: Mira… (muestra otro recorte) Esto es un reportaje que hicimos a las pocas semanas de la desaparición. Hicimos entrevistas a las personas allegadas a los desaparecidos (señala una parte del artículo) Mirad quien respondió en nombre de Marcus Vanister.
Jake Dalton: Rayna St. Johns.
Paul Fesster: Ella fue alumna de Vanister cuando aun era una figura respetada en la universidad de Los Ángeles. Vino cuando la desaparición y se fue al poco tiempo.
Jake Dalton: Y luego volvió contratada por Powell, ¿no?
Paul Fesster: Exacto… (mira ambas pistas) Algo me dice que hay alguna clase de relación. Quizá aquello en lo que trabajaba Vanister, aquella “práctica de ciencias” que hicieron esa mañana…
Charlie Dalton (interrumpiendo): Eh… ¿Tíos? (al teclado del ordenador de Paul Fesster) Creo que deberíais ver esto.
Paul Fesster: Por favor, señor Dalton. Ese equipo es delicado...
Charlie Dalton: Eh, que yo sólo había entrado para buscar un poco de porno en Internet. Vi que tenía correo nuevo con adjunto de video y…

Charlie Dalton pulsa el botón y el reproductor de video comienza a cargar un archivo. Paul tiene tiempo para comprobar que el correo ha llegado rebotado desde la cuenta de la redacción. No tiene remitente alguno, tan solo un asunto. “Debe ver esto, señor Fesster”.

Paul Fesster: ¿Qué demonios…?

El video muestra una grabación realizada mediante una videocámara espía, colocada en el interior de un coche. Afuera puede verse un barrio residencial, en algún punto de Outsprings. Delante del vehículo, circula una destartalada furgoneta, una vieja Volkswagen T3.

Charlie Dalton: Esa es…
Paul Fesster: Si. La furgoneta de Marcus Vanister.
Jake Dalton: La fecha… (señala) Mirad.

Los tres sienten un escalofrío cuando ven los números marcando la fecha. Es 19 de Junio de 2010. El día de la desaparición.

El audio retumba y la imagen se satura: de repente, un rayo impacta contra un poste de teléfonos y éste cae a escasos centímetros de la furgoneta. Una chispa desafortunada y la furgoneta se desintegra en medio de un espectáculo visual propio de Light & Magic.
Charlie Dalton: ¿Qué cóño ha sido eso?
La grabación continúa. Quien fuera que estuviera grabando, detiene el coche y baja a la calle. En ese momento se descubre quien estaba a los mandos del vehículo. La imagen es borrosa y se corta justo antes de poder apreciar claramente de quien se trata. Sin embargo, es suficiente para un viejo periodista.

Jake Dalton: ¿Quién demonios es…?
Paul Fesster: Es Kyle. Morgan Kyle… (mira a Jake) El guardaespaldas personal de Devon Powell… y de su hijo, claro.
Charlie Dalton: Esto tiene que ser una broma… Una jodida broma…
Paul Fesster: Algo me dice que no. En todo caso…

El teléfono móvil de Paul Fesster le interrumpe.

Paul Fesster (nervioso): ¿Billy? ¿Has seguido a Powell? ¿Dónde estás? (escucha y responde contrariado) ¿En la redacción? ¿Y qué demonios haces ahí? Te dije que… (escucha un poco más) Me da igual si Alma Grant ha vuelto con historias sobre la planta Powell, sólo… que ahora no tengo tiempo, Billy. (mira el monitor del ordenador) Tengo algo grande, Billy.

Sala de revelado del “Springfield Herald”.
20 horas, 22 minutos para la activación del Reactor.

Billy Whitehouse (aun al teléfono): Es lo que trato de decirle, señor Fesster. Una de las fotos que ha traído Alma… (mira la fotografía que sostiene entre manos) Tiene que verla, señor.

Teniendo en cuenta que está tomada desde lo más alto de las torres de refrigeración de la planta Powell, es casi un milagro que pueda verse algo con claridad. Es borrosa y el teleobjetivo ha conseguido que prácticamente todo lo que no sea el centro de la misma apenas si pueda apreciarse. De los dos hombres trajeados que corren de las fuerzas de seguridad del recinto, uno apenas es un borrón.
El otro, sin embargo, es identificable sin posibilidad de error.
Es Daniel Dalton.

CONTINUARÁ...

domingo, 22 de abril de 2012

Sesión 02-04-12 - END OF THE ROAD (1 de 6)

En anteriores temporadas de “Neverfield”…

DEBIDO A UN EXPERIMENTO SIN CONTROL, UN GRUPO DE JÓVENES SE VIO ATRAPADO EN UNA ODISEA ENTRE MUNDOS PARALELOS…

DURANTE EL PRIMERO DE ESOS SALTOS ENTRE DIMENSIONES ALTERNATIVAS, LUCIUS “PERRO LOCO” WASHINGTON FUE EL PRIMERO EN MORIR, SIENDO VÍCTIMA DE UN PODEROSO VAMPIRO…

LA SEGUNDA BAJA DEL EQUIPO SERÍA LA DEL HOMBRE RESPONSABLE DE SU CONDICIÓN COMO NÁUFRAGOS DIMENSIONALES, EL PROFESOR MARCUS VANISTER.

EL TERCERO EN MORIR FUE FRED “FESS” FESSTER, EN UN INFRUCTUOSO INTENTO POR FRENAR EL MAL DESENCADENADO POR UNA OSCURA RELIQUIA, “EL LIBRO DE LAS SOMBRAS”…

CAPTURADOS POR UNA FUERZA INTERDIMENSIONAL PERSONIFICADA COMO EL SINIESTRO BUFETE DE ABOGADOS, “WOLFRAM & HART”; LEONARD POWELL NO SOLO PERDERÁ LA VIDA: SU ALMA ACABARÁ ATRAPADA PARA SIEMPRE.

EL ÚLTIMO DE LOS VIAJEROS ORIGINALES, DANNY DALTON, FUE POSEÍDO POR LA ESENCIA DE UN PODEROSO DEMONIO, QUEDANDO SU ALMA ENCERRADA EN EL INTERIOR DE UN ANILLO.

UNA PROFECIA ASEGURA QUE SERÁ DANNY DALTON AQUEL QUE RETORNE A SU UNIVERSO DE ORIGEN. LA PROFECIA TAMBIÉN ASEGURA QUE SI SUCEDE, SE CONVERTIRÁ EN UN DIOS.

LO ÚNICO QUE NO DICE LA PROFECIA… ES CÓMO SUCEDERÁ.

4x01 – NEVERFIELD: END OF THE ROAD

Universo Neverfield.
Un año y medio después de la desaparición.

“Nos encontramos aquí, en la Plaza Lincoln, el corazón de la pequeña localidad de Springfield. Hace ya un año y medio desde que esta comunidad del medio oeste californiano fuese azotada por la incertidumbre y la tragedia. Un grupo de estudiantes de último año del instituto Mark Twain desaparecían, junto a uno de los profesores del centro, durante lo que se suponía debían ser una práctica de campo. Desde entonces, no ha pasado un solo día en el que esta pequeña ciudad no aguarde el regreso de los suyos…”

Prisión Estatal de “San Jerónimo”.
A quince kilómetros del condado de Springfield.
23 horas, 16 minutos para la activación del Reactor.

Para cuando su celda se abre con su inevitable y estridente pitido, Jake Dalton lleva horas despierto. Los guardias inspeccionan la celda así como las ropas que le han permitido lucir para la ocasión. Minutos después camina a lo largo de una galería mientras siente las miradas silenciosas de sus ocupantes. Hay rencor en la mayoría, lástima en unas pocas… ninguna indiferente. El alcalde Mason lo mira a través de sus anteojos de catequista, mientras colocan a Jake la tobillera localizadora. Cuando ha terminado, el hijo de perra de Mason le sonríe.

Alcalde Mason: Más te vale que disfrutes de tus cuarenta y ocho horas de libertad, Dalton. Serán las últimas… (susurra lo siguiente) A menos que tengas más hijos que sacrificar, ¿verdad?

Jake Dalton se limita a mirar al frente, mientras las puertas principales se abren con un chirrido metálico. El polvo del desierto se le pega a la pernera del pantalón y la luz del sol le ciega el tiempo suficiente como para no ver con claridad al hombre que lo espera, apoyado sobre un viejo Chevrolet Impala negro. Deja que el saludo torpe de su hermano Charlie caiga en saco roto.

Charlie Dalton (escupiendo al suelo): Yo también me alegro de verte, joder. ¿Te parece si vamos a por unos chupitos de tequi…?
Jake Dalton: Conduce, Charlie. (lo mira como quien mira un pedazo de mierda en el asfalto) Sólo conduce.

Charlie muerde su cigarro barato y murmura algo parecido a “a la orden, señor”. Jake se limita a mirarlo con una mezcla de resignación y asco. Acto seguido suben a bordo del coche, sin mediar palabra. En más de quince años no se han dirigido la palabra. Lo cierto es que Jake Dalton no ha hablado con nadie de Springfield en casi veinte años.
El hijo pródigo vuelve a la ciudad…

“Y será aquí, en la céntrica plaza Lincoln, donde en breves momentos tendrá lugar la inauguración de una placa conmemorativa en honor a los desaparecidos. Entre ellos, les recordamos, se encontraban los hijos de dos personalidades que han sido clave para la historia reciente de Springfield. Por un lado, Danny Dalton, hijo de Jake Dalton, antiguo propietario de las minas Dalton y principal responsable de la catástrofe minera conocida como “Viernes Negro”, que costó la vida de casi doscientos trabajadores. Otro de los desaparecidos es Leonard Powell, hijo del multimillonario filántropo Devon Powell…”

Domicilio de los Fesster.
23 horas, 2 minutos para la activación del Reactor.

Paul Fesster desconecta la radio. A un veterano periodista como él no debería sorprenderle que los apellidos Dalton y Powell eclipsen al resto en las noticias. Al fin y al cabo son esos dos apellidos los que venden periódicos. Paul se incorpora con los ojos irritados: apenas si ha podido pegar ojo. Lo cierto es que se ha acostumbrado a dormir en el camastro del sótano. Le gusta tener sus anotaciones a mano… aunque éstas cubran las cuatro paredes de lo que antaño fuese el viejo taller de ebanistería de Emily. Desgraciadamente, para Emily la ebanistería es una de esas cosas que pertenecen al pasado. Como su cordura.

Emily: ¿Paul?

Paul se detiene en el umbral de la puerta. Rezaba para no tropezarse con ella. Ya es bastante duro verla postrada en su mecedora, sumida la mayor parte del tiempo en un trance narcótico por culpa de la medicación. Paul se da la vuelta.

Emily: Paul… ¿Por qué llevas el traje de los domingos? Hoy… No es domingo.

La mujer que le observa desde la cocina, aferrando una taza de té caliente, no es la misma con la que se casó. Aquella mujer murió cuando se confirmó que su hijo había desaparecido. La crisis nerviosa la dejó al borde del colapso. La culpa y los narcóticos hicieron el resto. Paul sabe que no puede decirle la verdad. No puede decirle que va a un homenaje en honor de su pequeño desaparecido. No puede hacer eso… sin partirle el corazón. Sin dar un nuevo golpe a su ya delicada psique.

Paul: Cariño, yo…
Emily: Oh, qué tonta… (sonríe de una forma tan cándida que Paul está a punto de echarse a llorar) Vas a recoger a Fred del campamento de los Scouts, ¿verdad?

Paul se queda paralizado durante un segundo. No tiene fuerzas para mentir a su mujer. Por suerte, no necesita hacerlo.

Emily (sonriendo): Imagino que llegaréis tarde… Dale un beso de mi parte a mi pequeño Fred, ¿quieres? Le echo tanto de menos…

Con pasitos cortos, casi arrastrando los pies, Emily regresa a la cocina. Paul la ve alejarse, con el alma a ras de suelo. Cuando sube a la ranchera familiar, conecta de nuevo la radio. Antes de arrancar el motor, abre la guantera. Una petaca plateada le devuelve la mirada de consuelo. Si no se toma una copa, no cree poder tener fuerzas para ir a esa ceremonia fúnebre.

“Aunque todo el pueblo ha mostrado su apoyo para con las familias afectadas, lo cierto es que no han faltado voces de protesta. Muchos consideran que este evento ceremonial, financiado en gran parte por Industrias Powell, puede acabar convirtiéndose en publicidad encubierta para la nueva planta de energías alternativas que el conglomerado multinacional del propio Devon Powell ha construido aquí, en Springfield. Una planta que desde sus orígenes ha estado rodeada de incertidumbre y misterio. Desde el accidente que hace cosa de un año estuvo a punto estuvo de cerrar las anteriores instalaciones metalúrgicas de la Powell Corporation; muchas voces se han alzado en contra de esta nueva iniciativa del magnate energético…”

Oficinas del “Springfield Herald”
22 horas, 58 minutos para la activación del Reactor.

Tendido sobre la mesa de maquetación, Billy Whitehouse dormita sobre los titulares del día siguiente. Abre los ojos cuando el móvil comienza a emitir los primeros compases de una vieja canción country. Tia Martha. Billy trata de agarrar el móvil, que se desliza entre sus dedos amenazando con derramar el termo de café sobre las planchas de impresión.

Tía Martha (por teléfono): ¿Billy? Cariño, ¿otra vez te has quedado a dormir en las oficinas del periódico?
Billy Whitehouse: No… Quiero decir, sí, tía Martha.
Tía Martha (por teléfono): ¡Voy a tener que hablar seriamente con el señor Fesster! ¿Me oyes, Billy? ¡No te paga lo suficiente como para tener tantas horas trabajando…!

Billy Whitehouse mira el resto de la redacción del periódico. Aun recuerda cómo bullía de vida aquella gran sala durante los primeros meses de la desaparición. El señor Fesster reclutó a un buen puñado de periodistas y reunió a todo un puñado de becarios con los que poner patas arriba hasta la última piedra del condado. Algunos como el propio Billy no lo hicieron por amor al periodismo. Lo hicieron porque eran amigos de los desaparecidos.

Tía Martha (por teléfono): Soy la primera en lamentar lo que le pasó al hijo del señor Fesster, cariño. ¡Pero eso no le da derecho a tenerte trabajando como un esclavo, no Señor!
Billy Whitehouse: Lo sé, Tía Martha. Y no. No he olvidado que tengo que ayudar a Tío Johnatan con el granero...
Tía Martha (por teléfono): Cariño, quiero que vuelvas a casa ya mismo. ¡Y no tomes por Lincoln Street! ¡No quiero que te metas en mitad de todo ese jaleo!

Jaleo. Si había algo en esta vida que Billy Whitehouse estaba acostumbrado a evitar era el “jaleo”. Lo cierto es que apenas si llevaba unos meses viviendo en Springfield cuando estalló el escándalo de los desaparecidos. Al principio pensó que eso le pondría las cosas más difíciles a la hora de pasar desapercibido. Nada más lejos de la realidad: con tanto agente federal rondando los primeros meses, Billy jamás se sintió más seguro. Y para cuando dejaron la investigación y todo volvió a su cauce, Billy había conseguido hacerse un hueco en la redacción del periódico. No es que el periodismo fuese la pasión de su vida... pero se dio cuenta que prefería ser el que hiciese las preguntas en lugar de ser quien las contestaba.

Toma su mochila y el casco de su motocicleta, cerrando la doble puerta de la redacción. Apenas si ha terminado de bajar las escaleras que llevan al acceso lateral del edificio, al lado de Lincoln Square, cuando siente la muchedumbre allí reunida

Billy Whitehouse: ¡La ceremonia! (no podía creer que se le hubiera podido olvidar) ¡El señor Fesster me matará si no hago al menos un par de fotos!

Vuelve sobre sus pasos y entra de nuevo en la redacción. Rebusca entre el caos reinante en su mesa, lleno de papeles sobre la nueva planta de Industrias Powell y “posts it” en los que se puede leer “llamar a Alma”. Encuentra la cámara digital que Tío Johnatan le regaló en navidades. A punto está de mirar la pantalla cuando su móvil suena de nuevo. “Jefe” aparece en la pantalla luminosa y Billy trata de improvisar una buena excusa para el Señor Fesster…

Billy Whitehouse: ¡Señor Fesster! ¡Ya sé lo que va a decirme! ¿Y sabe qué? ¡Que tiene razón! ¡Ya debería estar en la ceremonia tomando fotos!

Billy Whitehouse sigue esgrimiendo excusas mientras sale de la redacción a toda prisa. Lo bastante como para no fijarse en que un nuevo mensaje acaba de aparecer en la bandeja de entrada de su ordenador.

CONTINUARÁ...