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jueves, 24 de septiembre de 2009

Sesión 19-09-09 - KAUFFMANN (Parte 4 de 4)


Leonard Powell: Lo siento, Danny.
- BANG -

SACRIFICÓ SU VIDA...
Marcus Vanister (NE): Pero… ¿por qué dice eso?
Leonard Powell (sonríe, macabro): Porque me volé la maldita cabeza, profe. Por eso.

PACTÓ CON EL DIABLO...
Holland Manners (ND): Si conozco bien a esa víbora infernal de Sarah Kauffmann, el destino que aguarda a sus amigos es la muerte… o algo peor. Haciéndose pasar por James Roth podrá averiguar mucho más sobre dichos planes… y ayudar a sus amigos a escapar de esta dimensión.

MINTIÓ A SUS AMIGOS...
Holland Manners (ND): Me temo, señor Powell, que no hay forma de restaurar su cuerpo original. Y créame, si sus amigos llegasen a descubrir quien es…
Leonard Powell: … jamás me dejarían aquí.
Holland Manners (ND): Y eso les costaría la vida. ¿Es lo que quiere para sus amigos?

PERO TODO... TIENE UN PRECIO.
Gavin Park (ND): Vanister y Roth… Señora Kauffmann, creo que trabajan para alguien de dentro de Wolfram y Hart.

Episodio 3x15.-
WOLFRAM & HART contra SARAH KAUFFMANN (Parte 4 de 4)

Departamento de I+D. Subsótano 3.
Sede de Wolfram y Hart, Los Ángeles.
Hace una semana.


Una voz a sus espaldas hace que Ben, Danny y el profesor se den la vuelta con un sobresalto mal disimulado…

Sarah Kauffmann (ND): El señor Roth aun no ha regresado de la operación. Por suerte el señor Knox ha recalibrado la cámara de salto…
Danny Dalton: Un momento, no querrá decir…

Sarah Kauffmann se permite un segundo para mirarlos de arriba abajo. Están agotados, malheridos… apenas si se mantienen en pie. Sí, sería una locura enviarlos así a una misión.

Sarah Kauffmann (ND): En efecto, señor Dalton… (mira su reloj) Salen ustedes en cinco minutos. (mira a su derecha) Señor Knox, acompáñeme.

Sus protestas y quejas se pierden en el repicar de sus zapatos sobre el suelo del impoluto suelo del laboratorio. Sarah Kauffmann y el joven señor Knox desaparecen tras la compuerta de acceso al Departamento de I+D. Treinta segundos después, un ascensor los lleva un nivel por debajo.

Sarah Kauffmann (ND): Dígame, señor Knox ¿cree que sospechan algo?
Knox (ND): No lo creo, señora. Tras el regreso del señor Roth hicimos una limpieza en profundidad. Por cierto… (le entrega un dossier) Estos son los resultados del escáner psíquico realizado al señor Roth. Creo que lo encontrará muy… revelador.

Apenas ha leído unas líneas cuando, con un gesto de sus dedos, Sarah hace que el ascensor se detenga. Las luces parpadean durante un segundo y los viejos engranajes se quejan. Knox traga saliva.

Sarah Kauffmann (ND): ¿Esto es…?
Knox (ND): Lo hemos comprobado varias veces, señora. Es correcto.

Las puertas del ascensor se abren, dejando paso a un lóbrego y sucio pasillo. Tras las pesadas puertas de metal que se reparten a un lado y otro del mismo, se escuchan alaridos y murmullos de dolor, pidiendo piedad… o la muerte. Entremezclados, se pueden escuchar también otros sonidos, como chasquear de látigos, el siseo de la carne mordida por aceros al rojo o la cantinela mecánica de una prensa industrial…

Sarah no necesita mostrar identificación alguna ante los dos agentes que custodian el acceso a la celda 909. Tras su puerta, bajo un foco de luz, James Roth yace postrado en un incómodo y voluminoso trono metálico. Recuerda vagamente a una silla eléctrica, por el cableado que se adhiere a las sienes de Roth. Está desnudo de cintura para arriba, empapado en sudor y con visibles quemaduras en los lugares donde se colocaron electrodos.

James Roth (ND): ¿Qué…? ¿Qué es lo que quieren?
Sarah Kauffmann (ND): Veo que está despierto… Bien, muy bien.
James Roth (ND): ¿Kauffmann? ¿De qué va esto? ¿Dónde están Ben, Danny y el profesor?
Sarah Kauffmann (ND): No se preocupe por ellos. Están en una misión, buscándolo. Tiene usted muy buenos amigos…
...señor Powell.

El silencio se adueña de la estancia por un instante. Casi puede sentir el miedo adueñándose de él, recorriéndolo de arriba abajo. Sarah deja que el silencio flote en el aire… al menos un poco más.

James Roth (ND): ¿Qué está diciendo…? Yo no…
Sarah Kauffmann (ND): Vamos, señor Powell. No tiene por qué seguir con la farsa. Desde el principio intuí que el señor James Roth trabajaba para alguien más de esta firma. Pero cuando decidí tomar cartas en el asunto… (señala los monitores a los que están conectados los electrodos de Roth) Bueno, digamos que encontré en su cabeza mucho más de lo que esperaba.
James Roth (ND): Señora Kauffmann…
Sarah Kauffmann (ND): No, no, no… No se preocupe, señor Powell. No estoy enfadada. Es más… Creo que el mejor uso que se puede dar a un agente doble es convertirlo en agente triple.

Y chasquea los dedos. Uno de los solícitos agentes que custodia el acceso entrega un pequeño estuche de madera noble. Sarah lo abre con delicadeza y extrae un pequeño objeto cubierto por un pequeño paño de terciopelo rojo.

James Roth (ND): ¿Piensa torturarme?
Sarah Kauffmann (ND): Oh no, señor Powell. No… (dejando caer el paño, muestra un precioso y antiguo espejo de mano) Solamente voy a presentarle a un viejo conocido…

Sarah acerca el espejo a su cara. Leonard Powell lleva ya mucho tiempo en este cuerpo. No le sorprende por tanto ver una cara extraña al otro lado del espejo.
Lo que sí le sorprende es que su reflejo le mire con odio.
Y que hable.

Sarah Kauffmann (ND): Señor Powell… el señor Roth. Creo que ya se conocen.
James Roth (en el espejo): Hola, bastardo. Tienes algo que me pertenece.

Despacho de Sarah Kauffmann.
Planta 7 de la sede de Wolfram y Hart. Los Ángeles.
Hace tres horas y 45 minutos.

Dorisume (ND): El señor Dalton está esperando.

Sarah alza la mano como quien da indicaciones a un perro bien amaestrado, sin dejar de atender al teléfono. Dócil y temeroso, el anciano japonés baja la vista y desaparece de nuevo tras la puerta.

Sarah Kauffmann (ND): Ese condenado vampiro con alma ha estado a punto de echarlo todo a perder, Roth.
James Roth (ND) (por teléfono): Lo sé. Intenté quitármelo de encima pero desde que Park lo puso en nuestro camino, he hecho lo posible por seguir con el plan…
Sarah Kauffmann (ND): ¿Crees que el señor Craig o el señor Dalton sospechan algo?
James Roth (ND) (por teléfono): Negativo, señora. Creen que Holland Manners es quien anda tras todo esto. Y se han tragado eso de que el anillo servirá para destruirla.
Sarah Kauffmann (ND): Muy bien. Creo que entonces ha llegado la hora del siguiente paso…
James Roth (ND) (por teléfono): ¿Desea que suba?
Sarah Kauffmann (ND): No, señor Roth. Permanezca en I+D mientras tengo unas palabras con el señor Dalton.

Sarah cuelga y hace sonar una diminuta campanita de plata. Servicial y silencioso, el anciano Dorisume aparece por la puerta como un fantasma.

Sarah Kauffmann (ND): Té. Para dos.
Dorisume (ND): Hai, mi señora.

Danny Dalton permanece sentado en uno de los elegantes sofás de diseño que decoran el vestíbulo previo al impresionante despacho de Sarah: el chico tiene algunas magulladuras y leves quemaduras en su arrugadísima camisa de seda.

Danny Dalton (levantándose): Señora…
Sarah Kauffmann (ND): Señor Dalton, me alegro ver que han salido sanos y salvos. ¿Qué es lo que pasó?
Danny Dalton: Fue el tal Ángel, ese chupa-sangres… Nos cogió por sorpresa a Roth y a mí. Nos usó como cebo para atraerla bajo aquel cruce de autopistas. Entonces aparecieron esos tipos orientales…
Sarah Kauffmann (ND): El señor Ángel mencionó algo que, según sus palabras, “podría destruirme”. ¿Sabe a qué se refería?
Danny Dalton: No lo sé, señora Kauffmann.

Sarah mantiene un convincente gesto de preocupación. Por dentro, su negra alma de alquitrán esboza una sucia sonrisa: le encanta el hedor de la mentira. De la conspiración.

Danny Dalton: ¿Cree… que es cierto?
Sarah Kauffmann (ND): ¿El qué?
Danny Dalton: Esa historia sobre lo de que tenían algo que podía destruirla…
Sarah Kauffmann (ND): Por favor, señor Dalton… ¿se preocupa usted por mi seguridad?
Danny Dalton: Sólo digo que debería andarse con ojo de ser cierto…
Sarah Kauffmann (ND): Dígame, señor Dalton, ¿le parezco alguien a quien se le pueda meter el miedo en el cuerpo?

Un zumbido rompió un breve silencio: Sarah se llevó la mano al comunicador que pendía de su oído.

Sarah Kauffmann (ND): Kauffmann.
John Ortega (ND) (a través del pinganillo): Aquí Ortega. Los psíquicos confirman la presencia de un vampiro de clase 4 en las inmediaciones. No estamos seguros pero…
Sarah Kauffmann (ND): Yo sí. Es él. Inicien protocolo 29, señor Ortega.
John Ortega (ND) (a través del pinganillo): Muy bien.

Sarah se desprendió del molesto pinganillo dejándolo caer en uno de sus bolsillos. Acto seguido miró a Danny… y sonrió.

Sarah Kauffmann (ND): Muy bien. (se encamina hacia el ascensor) Vamos.
Danny Dalton: Un momento, ¿A dónde…?
Sarah Kauffmann (ND): ¿A dónde va ser? Al cruce de autopistas. El señor Ángel parece obstinado en tener una cita conmigo así que se lo voy a conceder.
Danny Dalton: Pero él…
Sarah Kauffmann (ND): Tiene algo que puede destruirme. Lo sé, señor Dalton. Pero míreme. ¿Cree que he llegado hasta donde estoy… dejándome guiar por el miedo?

Las puertas del ascensor comenzaban a cerrarse cuando Sarah interpuso su mano. La sujetó con la fuerza de un titán vestido de Armani.

Sarah Kauffmann (ND): ¿Y bien, señor Dalton? Viene conmigo… ¿o quiere perderse la diversión?

Dentro del Anillo.
Hace doce segundos.


Los primeros rayos de sol comenzaban a teñir de malva el cielo del amanecer. La penumbra del alba bañaba la cima de la mina Dalton y a los pies del viejo cobertizo, dos jóvenes compartían un mismo saco de dormir. La chica le pasa un cigarrillo a medio consumir al chico.

Es el mismo chico que observa la escena a pocos metros de distancia, casi un año más viejo y enfundado en lo poco que queda de un carísimo traje de Armani. Por un momento casi se plantea dejarle disfrutar un poco más de sus viejos y buenos recuerdos.

Sarah Kauffmann (ND): Tenemos que dejar de vernos así, ¿no le parece?

Danny Dalton se da la vuelta, dándole la espalda a su yo del pasado, ese que en aquel reflejo de sus memorias abraza una vez más a la chica que ama.

Danny Dalton: ¿Qué es todo esto?
Sarah Kauffmann (ND): Aquella sala de reuniones en la que nos vimos antes era tan fría, tan… impersonal. Pensé que esto le gustaría más…
Danny Dalton: ¿Es un puñetero espejismo? ¿Un truquito mental de demonio de tres al cuarto?
Sarah Kauffmann (ND): No, señor Dalton. Esto… es un reflejo de sus deseos más profundos auténticos. Esto es lo que usted desea.
Danny Dalton: Lo que yo quiero ahora es que me diga la contraseña para desactivar los explosivos…
Sarah Kauffmann (ND): Veo que entonces dio con el paradero del señor Braddock… y de “Margaret”. ¿No le parece ingenioso? ¿Ocultarla donde a nadie se le ocurriría buscarla? La cara que pondrían esos tipos de la televisión… ¡Si supiesen que esa máquina de salto dimensional que ellos toman por atrezzo, es en realidad…
Danny Dalton: ¡Basta ya! ¡Quiero que me diga la contraseña… ahora!

Sarah clava sus ojos en Danny: si hay algo que no tolera en ningún caso… es que la interrumpan.

Sarah Kauffmann (ND): Mucho cuidado, señor Dalton. A fin de cuentas, es usted el invitado aquí. Eso sin mencionar que es usted quien ha venido a pedirme un favor a mí.

Y se reclina sobre la pared de madera del viejo cobertizo. Los primeros rayos de sol inciden directamente sobre él… y la madera reseca comienza a emitir pequeñas nubes de humo.

Sarah Kauffmann (ND): Parece que el tiempo corre en su contra, señor Dalton.
Danny Dalton: Esta bien… ¿Qué es lo que quiere?
Sarah Kauffmann (ND): ¿Lo que quiero yo?

Sarah camina y alza los brazos, mostrando al joven el idílico paraíso que sus propias memorias han construido.

Sarah Kauffmann (ND): Esto. Quiero que vuelvas a casa, Daniel Dalton. Eso es lo que quiero.
Danny Dalton: ¿Qué yo… vuelva a casa?
Sarah Kauffmann (ND): Me encargaré de que vuelva a casa… (le tiende la mano) si deja que lo ayude.

Danny mira la mano de esa mujer. Sarah le observa y casi puede leer su mente a través de su mirada.

Danny Dalton: Ya. Claro… ¿Y la letra pequeña?
Sarah Kauffmann (ND): ¿Quieres salvar a Ben de una muerte segura?

La mirada del joven pasa esta vez de la mano de Sarah a las pequeñas llamas que los rayos de sol consiguen prender del viejo cobertizo.

Sarah Kauffmann (ND): Vamos, Daniel Dalton.
Danny Dalton: Si acepto… ¿qué me ocurrirá?
Sarah Kauffmann (ND): Te garantizo que no te ocurrirá nada que no te ocurriría si me limito a esperar a que el contador llegue a cero.

Y es entonces cuando Danny siente ese escalofrío. La sensación de estar atrapado. Encerrado.

Sarah Kauffmann (ND): Apuesto a que el señor Craig… o el primo del señor Braddock, Bradley… Seguro que alguno de ellos os contó como funcionan esos anillos. Y lo que les pasa a quienes mueren llevando uno puesto…
Danny Dalton: No, no puede ser…
Sarah Kauffmann (ND): Si, creo que eso es lo que haré. Esperaré a que los explosivos hagan “boom”…
Danny Dalton: Esta bien.
Sarah Kauffmann (ND): …y entonces me apoderaré de lo que quede de tu cuerpo. Y después…
Danny Dalton: ¡ESTÁ BIEN!

Sarah mira al joven. Danny Dalton le tiende la mano. En su mirada hay una mezcla de impotencia y odio. Todo un manjar para cualquier criatura nacida en el vientre del Averno.

Sarah le estrecha la mano. Su tacto es frío, desagradable. Antes de desaparecer, Sarah le susurra una sola cosa al oído.

Sarah Kauffmann (ND): Te doy mi palabra que volverás a casa, Daniel Dalton… y cuando llegue, matar a Alma Grant será lo primero que haga.

Antes de poder reaccionar, de Sarah Kauffmann no quedan más que cenizas. A su alrededor, el paisaje se ve envuelto en llamas. La pareja de amantes adolescentes se ha convertido en un pedazo de carne chamuscada. El cobertizo arde como lo haría una hoguera de la Inquisición. Y desde lo alto de la cima, Danny Dalton puede ver como todo un infierno consume “Springfield”, extendiéndose hasta donde alcanza la vista.

Hubo un tiempo en que Danny Dalton tenía un sueño. Fue antes de conocer al profesor Vanister, a Fred Fesster, a Leonard Powell… Era un sueño pequeño y sencillo: dejar atrás Springfield.
Ahora está encerrado en él.
Para el resto de la eternidad.

Estudio 22. Centro de Producción de la FOX Entertainment.
10201 W. Pico Boulverd, Los Ángeles.
Ahora.

Danny Dalton: ¡Catorce Diecinueve! ¡Catorce Diecinueve!

Escupe las palabras al tiempo que cae de rodillas, desplomándose más allá de los límites trazados por el agua bendita de Craig. Roth introduce la clave a toda velocidad mientras Ángel ayuda a Danny a incorporarse.
Y con un pitido suave, el marcador electrónico de la bomba se detiene a tres segundos del momento fatal.

James Roth (ND): Eso ha estado jodidamente cerca…
Ángel (ND): Ya lo creo… (ayuda a Danny) ¿Te encuentras bien?
Danny Dalton: Si, lo estoy… Creo que sí…
Arthur Craig (ND): Por un momento pensé que no funcionaría.
James Roth (ND): ¡Pues ha funcionado! Dime, Daniel… ¿te costó mucho negociar con esa zorra de Kauffmann?
Danny Dalton: ¿Qué…? (mira para todos lados, confuso y mareado) No, Leo... Danny... Quiero decir, Roth. Yo… (mareado) Creo que necesito un poco de aire…
Ángel (ND): Esta bien, esta bien… Roth, desata a tu colega. Deberíamos irnos de aquí antes de que llegue la seguridad del estudio…
James Roth (ND): ¿Y a tí quién demonios te ha nombrado jefe?

Apenas si escucha lo que dicen a su alrededor. Le cuesta acostumbrarse a unos sentidos tan limitados. Por no hablar del caos de sensaciones que recorren su cuerpo. ¿Cómo pueden vivir así? Es desagradable, sucio y frágil a la vez. Es incómodo.

Pasan los minutos, puede que una hora: el tiempo es otra de las medidas a las que debe volver a acostumbrarse. Ángel les ha dejado curarse y descansar un poco en su oficina. Parece que el señor Craig se quedará con él hasta el día siguiente. No le preocupa: para entonces ya habrá arreglado algunas cosas en el bufete.

Ángel le estrecha la mano. Su tacto es como el de un mueble antiguo.

Ángel (ND): Deberías quedarte un tiempo aquí, Danny. Hay sitio de sobra. Y estarías más seguro.
Danny Dalton: No se preocupe, señor Ángel. Yo… (sonríe) estaré “de puta madre”.

Arthur Craig lo mira desde el quicio de la puerta de “Investigaciones Ángel”, encendiendo un generoso cigarro.

Arthur Craig (ND): Asegúrate de no perderlo, chico… (señala el anillo) Sigue siendo peligroso.
Danny Dalton: Lo sé, señor Craig. Créame… no me lo quitaré por nada del mundo. (sube a la berlina negra de James Roth) Vamos, señor Roth.

El coche deja atrás el viejo edificio de ladrillos que sirve de cobijo a Ángel y su panda de inofensivos bienhechores. James Roth conduce en silencio, tenso… sin saber como reaccionar.
La clave aparece en un oportuno semáforo en rojo: una impresionante limusina negra se detiene en paralelo a su coche. Dorisume, su viejo criado oriental, les saluda con un gesto de su gorra de chofer.

James Roth sonríe aliviado.

James Roth (ND): Parece que todo ha salido como usted planeó… (mira a Danny) Enhorabuena, señora Kauffmann.
Danny Dalton: Gracias, señor Roth. Su cooperación ha sido inestimable.
James Roth (ND): ¿Qué haremos con el señor Braddock? (señala a Ben, inconsciente en el asiento de atrás) ¿No es un cabo suelto?
Danny Dalton: En absoluto. Este pobre desgraciado idealista despertará mañana en la unidad de cuidados intensivos de un hospital, sin saber lo que ha pasado.
James Roth (ND): ¿Y el señor Dalton?

Sarah Kauffmann sonríe mientras disfruta de su nuevo reflejo en el espejo retrovisor.

Danny Dalton (ND): El señor Dalton volverá a casa, señor Roth. Y como dice la profecía… me convertiré en un Dios.

FIN DE LA TERCERA TEMPORADA

jueves, 26 de marzo de 2009

Sesión 21-03-09 (Parte 2 de 3)

Episodio 3x01.- NEVERDALE (Epílogo – Parte 2)

P.O.V. – MARCUS VANISTER


Aferrado al exterior de aquel vagón de ganado, Marcus Vanister apretó los dientes.

Derribar de un solo disparo al Morgan Kyle de Psifield era una cosa. Herir de gravedad al Morgan Kyle vampírico de Shadowfield había sido algo altamente improbable. Esquivar las cimitarras del tercero de aquellos Morgan Kyle alternativos había sido un atentado contra las leyes de la probabilidad...
Pero esto...

Los gritos y el forcejeo procedentes del interior del vagón hicieron que el pánico a la velocidad (y a los efectos que la misma podría tener si se caía de un tren en marcha) acabasen en un segundo plano en la mente de Marcus.
Si no podía abrir una de las compuertas del techo y dejar que la luz del radiante sol acabase con el último de los Morgan Kyle, tendría que hacerlo...

Entonces, aquella criatura chupa-sangres a la que ya habían derrotado, hundió su puño en el pecho de Leonard Powell. El sonido de la piel rasgándose, de los músculos desgarrados y los huesos aplastados quedaron eclipsados por el grito agónico de Leonard Powell.

Morgan Kyle (SF): Sí, muchacho... Grita para mí.

Fue entonces cuando se escuchó otro sonido. Por un instante, Marcus no pudo identificarlo. Ni falta que le hizo: la sonrisa cuajada de colmillos de aquel vampiro se convirtió en un rictus al percatarse de que Leonard, con su último aliento, había interpuesto la hoja de aquella cimitarra entre él y su corazón.

Morgan Kyle (SF): Hijo de...

Y estalló en una nube de cenizas y polvo. Debilitado y con la sangre manando libremente del agujero en su abdomen, Leonard cayó al suelo.

Marcus Vanister (NE): ¡Señor Powell! (se acerca a él, tratando de taponar la herida) Se pondrá bien, ya verá...
Leonard Powell (aturdido): Pro... profesor... ¿qué demonios...? (sonrió por la ironía) No puedo creer que haya llegado usted antes al infierno…
Marcus Vanister (NE): No diga eso, señor Powell… (taponando la herida) Esto no es el infierno. Es california, ¿me oye? Y va a quedarse aquí…
Leonard Powell (aturdido, al filo de la inconsciencia): No lo entiende, ¿verdad… profe? Claro que me quedo aquí… Ya estoy muerto.
Marcus Vanister (NE): Pero… ¿por qué dice eso?
Leonard Powell (sonríe, macabro): Porque me volé la maldita cabeza, profe. Por eso.

Marcus mira por un segundo a Leonard. Su sangre se congela al ver la certeza con la que habla ese joven. Es la certeza de los condenados a muerte. De los que se saben ya con los pies en la tumba.

Marcus Vanister (NE): No… (se incorpora) No, no puede ser…
Leonard Powell: ¿Ah, no? ¿Y como explica…

Leonard intenta señalar los cuerpos de los tres Morgan Kyle pero no llega a terminar la frase. Marcus sigue su dedo y comprende la sorpresa del joven. Han desaparecido. Como si nunca hubiesen estado allí. Marcus vuelve a mirar a Leonard: su herida ha desaparecido. Por completo.

Marcus Vanister (NE): Oh. Dios. Mío.
Leonard Powell: Si, más o menos… (se mira el cuerpo, buscando las heridas ya desaparecidas) En fin, comprendo que yo esté aquí… pero ¿y usted?
Marcus Vanister (NE): ¿Yo…?

El profesor comienza a balbucear una breve explicación de todo lo que recuerda: los retazos de la mañana perfecta de un día perfecto; su llegada a la estación y su encuentro con aquel agente de Wolfram & Hart…

Leonard Powell: Entonces, ¿le está esperando al final del tren?
Marcus Vanister (NE): Eso dijo, sí…
Leonard Powell: Pues… ¿a qué estamos esperando?


***

Los Petersen vivían en la casa de al lado, en Nueva Jersey. Eran una pareja joven a los que siempre había cortado el césped por unos dólares. Por aquel entonces, aquello era el mejor negocio que un crío de doce años podía desear.

Claro que por aquel entonces, Marcus Vanister aun vivía con su madre en aquella casa de Nueva Jersey. De aquello hacía toda una vida.

Revisor: ¿Le pongo una copa, profesor?

Marcus se dio la vuelta, sobresaltado. Tras la barra del vagón restaurante, se encontraba de nuevo aquel hombrecillo de ojos saltones y sonrisa levemente inquietante. Era el mismo revisor que había fichado su billete al entrar. Ahora lucía el atuendo de un amable camarero.

Marcus Vanister (NE): ¿Qué…? Oh, no… Gracias… (Marcus volvió a mirar a la pareja de ancianos que compartían carantoñas en uno de los reservados) Ellos… Son los…
Revisor (sonriendo): Si, señor. Los Petersen. Una pareja encantadora… y muy enamorada. Se han ido los dos juntos… ¿Qué le parece? Romántico, ¿verdad?
Marcus Vanister (NE): Pero… (Marcus miró a ambos lados, percatándose de un detalle) Espere… ¿Ha visto al joven que ha entrado conmigo?
Revisor (confuso): Profesor, usted ha entrado sólo en este vagón…
Marcus Vanister (NE): ¿Cómo dice? No, no, no… El joven que me acompañaba, el señor Leonard Powell…
Revisor (continuando su frase): … no tiene acceso a este vagón. Créame, profesor… El no viaja en primera clase como usted o los Petersen.
Marcus Vanister (NE): ¿Qué quiere decir?
Revisor: El señor Powell viaja en el mismo tren, en efecto… pero no viaja al mismo lugar que usted, me temo…

Marcus Vanister dio un par de pasos hacia atrás, contemplando el vagón restaurante de arriba a bajo. Al menos media docena de personas compartían un agradable almuerzo o café, entre charlas y risas. Todo el mundo parecía relajado. En paz…

Instintivamente, Marcus buscó entre la concurrencia alguna cara conocida. Una en concreto…

Revisor (sacando al profesor de sus pensamientos): No lo encontrará, profesor… El señor Frederick Fesster viajó en este mismo tren hace un tiempo. Pero me temo que su parada era también la del joven Leonard Powell…
Marcus Vanister (NE): Yo… Debo irme… (alejándose, buscando la salida del vagón) Muchas gracias...
Revisor: Ya sabe… Si necesita algo. Cualquier cosa… (señala un botón en la pared) No dude en apretar el botón rojo.

***

James Roth (ND): Ya era hora… El tren está a punto de llegar a su destino.

Marcus acababa de dejar atrás el vagón restaurante. Por un segundo, casi esperaba encontrar al joven Leonard Powell al otro lado. En su lugar, el profesor se encontró en un vagón de pasajeros igual al que había dejado atrás en primera clase… e igualmente vacío. Al fondo del todo, donde debería estar la compuerta de acceso al siguiente vagón, Marcus pudo ver la doble puerta metálica de un ascensor.

James Roth (ND): Imagino que trae el billete…
Marcus Vanister (NE): Si, claro… (mirando el vagón, aturdido y confuso: buscando cualquier rastro de Leonard) Pero hay algo…
Leonard Powell (a su espalda): ¿Profesor?

Marcus se dio la vuelta y vio a Leonard salir de la puerta que comunicaba supuestamente con el vagón restaurante. De no haber sido por la presencia de aquel inquietante agente de Wolfram & Hart, el profesor le habría preguntado si él también había pasado por el fantasmagórico vagón restaurante…

Marcus Vanister (NE): Es el agente de Wolfram y Hart que le comenté, señor Powell…
Leonard Powell: Ah, el tipo que nos va a sacar de aquí… (avanzando hacia él) Genial, tío…
James Roth (ND): No tan deprisa… (saca una pistola y encañona a Leonard) Mis instrucciones no dicen nada de un segundo pasajero…
Leonard Powell: Mira, tío… Hay sitio de sobra en ese ascensor…
James Roth (ND): Si, tienes razón… Pero no hay billetes de sobra. Lo siento.
Leonard Powell: Esta bien… Si así es como lo quieres…

El intento por lanzarse a por el billete que sostenía en la mano el agente de Wolfram y Hart acaba con el cañón de su pistola a pocos milímetros de la frente de Leonard…

James Roth (ND): Aquí una bala en la cabeza no te matará, chico… Pero te frenará el tiempo suficiente como para que dejes de molestar…
Marcus Vanister (NE): Pues si él no viene con nosotros… yo tampoco.

Marcus Vanister nunca ha sido un buen jugador de poker. Por eso, cuando sostiene entre sus manos el billete que le entregó, el joven agente de Wolfram y Hart puede leer en sus ojos que no se trata de ningún farol. El profesor está preparado para quedarse en el infierno…

Para empeorar la situación, el tren comienza a aminorar su velocidad. A través de la megafonía, una agradable voz femenina anuncia la parada de Springfield, California.

James Roth (ND): Como quiera, profesor… (saca de su chaqueta su propio billete y lo muestra) Yo tengo billete y me iré. Con o sin usted.
Leonard Powell (a Vanister): Profesor… no lo haga.
Marcus Vanister (NE): Pero señor Powell…
Leonard Powell: Danny va a necesitarle allí arriba. Alguien tendrá que llevarlo de vuelta a casa, ¿no cree?

El profesor Vanister lee en los ojos de Leonard. De no conocerlo tan bien, casi habría creído aquel farol. Ambos se dan un fuerte abrazo que casi parece una despedida real…

James Roth (ND): Vamos, profesor… (impaciente) No podemos quedarnos aquí mucho más tiempo antes de que llamemos su atención…

Con un “ping”, la puerta del ascensor se abre. El joven trajeado mira a su espalda durante un solo segundo. Es todo lo que necesita el profesor: con un movimiento rápido, propina un fuerte empujón al chico, precipitándolo contra el interior del ascensor.

James Roth (ND): ¿¡Pero qué coño…!? (furioso, encañona con la pistola a Vanister) ¿Qué pretendía? ¿Quitarme el arma?
Marcus Vanister (NE): No exactamente…

Y Marcus muestra lo que acaba de arrebatarle de las manos.

James Roth (ND): No… (mira con pánico a Vanister justo cuando el tren termina de detenerse) ¡NO!

Durante un latido, el joven intenta saltar fuera del ascensor, tratando de abalanzarse sobre el profesor. En el tiempo que él trata de hacerlo, Vanister tiende el billete al joven Powell. Éste extiende la mano…

Y para el profesor Vanister, todo se vuelve de un solo color.

Blanco.

P.O.V. – LEONARD POWELL

“Lo he conseguido. Lo he conseguido. Lo he conseguido…”

Leonard aun no se atreve a abrir los ojos. Teme hacerlo y encontrarse de nuevo en el vagón. O en un sitio peor. Quizá de eso trate el infierno: en creer continuamente que puedes escapar y llegar a la salida solo para darte cuenta de que sigues atrapado…

“Pensándolo bien no es muy distinto a andar dando tumbos entre mundos paralelos…”

Pero no lo era. No era lo mismo. Ni de lejos. Porque hasta ese momento, Leonard no había tenido miedo de abrir los ojos. Sólo Dios sabe cuanto tiempo habría pasado de no haber sido por aquella voz en la oscuridad que lo llamaba…

Holland Manners: ¿Señor Powell?

Los párpados le pesan como sacos de arena. Se abren en el tiempo en el que nace y muere un bosque. Al principio, la luz del despacho lo ciega y le clava un punzón en la cabeza. Es un dolor sordo. Punzante.

Leonard Powell: ¿Qué…?
Holland Manners (ND): No hemos sido debidamente presentados, señor Powell… Mi nombre es Holland Manners.

Leonard estrecha la mano de ese tipo. Es entonces cuando se percata de un pequeño detalle…
¿Desde cuando tiene una alianza de compromiso en el dedo anular?

Leonard Powell: Espere un momento… (se incorpora, algo mareado) ¿Esto es…? Es Wolfram y Hart, ¿verdad?
Holland Manners (ND): Si, señor Powell. Esto sigue siendo Wolfram y Hart. Y usted sigue siendo el señor Leonard Powell… más o menos.
Leonard Powell: ¿Qué demonios quiere decir con…?

Leonard no llega a terminar la frase. Acaba de contemplar su reflejo en uno de los ventanales del despacho. La imagen que le devuelve el cristal es la de un joven de veintipocos años, pelo castaño corto…

Leonard Powell: Oh no… No puede ser…
Holland Manners (ND): Me temo que sí, señor Powell… O debería decir “señor Roth”.
Leonard Powell: Mi nombre es Leonard Powell.
Holland Manners (ND): Oh, claro que sí. Pero procure no decirlo nunca jamás fuera de esta oficina… (saca de su chaqueta un móvil) o a través de otro telefono que no sea ese.
Leonard Powell (lo atrapa al vuelo): ¿Qué…? Un momento… ¿Espera que acepte sus ordenes?
Holland Manners (ND): Oh, ya lo creo. Y con una sonrisa además. Porque, señor Powell, créame cuando le aseguro que debería alegrarse. A fin de cuentas, el alma del señor Roth ocupa el lugar que debería ocupar la suya en el Infierno. Y allí seguirá… mientras su condición sea nuestro “pequeño secreto”.
Leonard Powell: Pero, mis compañeros…
Holland Manners (ND): La señora Kauffmann envió al señor Roth a un rescate no autorizado al infierno. Se tomó muchas molestias en rescatar al profesor Vanister… pero no en usted. Eso me intrigaba… como me intrigan los planes que la señora Kauffmann tiene para su amigo, el señor Dalton.

Leonard miró a través de la ventana. Y luego volvió a mirar a Manners.

Leonard Powell: Quiere que sea su espía. Su maldita marioneta…
Holland Manners (ND): ¿Es que tiene una oferta mejor?
Leonard Powell: Debo decírselo a mis compañeros. Ellos…
Holland Manners (ND): Morirán.

Lo dijo como quien afirma que lloverá al día siguiente. O como quien da el resultado de un partido sin importancia…

Holland Manners (ND): Si conozco bien a esa víbora infernal de Sarah Kauffmann, el destino que aguarda a sus amigos es la muerte… o algo peor. Haciéndose pasar por James Roth podrá averiguar mucho más sobre dichos planes… y ayudar a sus amigos a escapar de esta dimensión.
Leonard Powell: Pero… ¿y yo? Quiero decir…
Holland Manners (ND): Si. Comprendo lo que quiere decir. Me temo, señor Powell, que no hay forma de restaurar su cuerpo original. Y créame, si sus amigos llegasen a descubrir quien es…
Leonard Powell: … jamás me dejarían aquí.
Holland Manners (ND): Jamás se irían sin usted. Y eso, señor Powell, los dejará a merced de Kauffmann y Wolfram & Hart… para toda la eternidad. Dígame… ¿Es eso lo que quiere para sus amigos?

Mirando a través del ventanal, contemplando las atestadas calles bajo la azulada mañana de Los Ángeles; Leonard pensó en que desde que había comenzado aquella odisea entre mundos paralelos siempre se había sentido atrapado. Atrapado entre los límites de aquel pueblo infame.

Ahora, por fin, había conseguido salir de él.
Y se sentía más atrapado que nunca.

Leonard Powell: Muy bien, Manners… ¿cuando empiezo?
Holland Manners (ND) (sonriendo): Ya ha comenzado, señor Roth.

CONTINUARÁ…

miércoles, 25 de marzo de 2009

Sesión 21-03-09 (Parte 1 de 3)

EN ANTERIORES TEMPORADAS DE "NEVERFIELD"

UN EXPERIMENTO SIN CONTROL ARROJÓ A DANIEL DALTON Y A OTROS JÓVENES A UNA ODISEA ENTRE MUNDOS PARALELOS...

UNO DE SUS VIAJES LOS LLEVÓ A CRUZARSE CON UN OBJETO DE INCREIBLE PODER: EL LIBRO DE LAS SOMBRAS.

LA ESENCIA OSCURA ENCERRADA EN DICHO OBJETO LES LLEVÓ HASTA UNA REALIDAD PARALELA MUY SIMILAR A LA SUYA PROPIA...

... SIENDO UNA ARTIMAÑA PARA FORZARLES A REALIZAR UN RITUAL QUE PERMITIÓ LIBERAR TODAS LAS ALMAS ENCERRADAS EN EL LIBRO.

FINALMENTE, EL VEHÍCULO DE SALTO DIMENSIONAL FUE INTERCEPTADO POR WOLFRAM & HART...

... UN BUFETE DE ABOGADOS MUY ESPECIAL Y LOS PROPIETARIOS ORIGINALES DEL LIBRO DE LAS SOMBRAS.

Episodio 3x01.- NEVERDALE (Epílogo – Parte 1)


P.O.V. – MARCUS VANISTER

“Es el mejor día de mi vida.”

Con ese pensamiento, el profesor Marcus Vanister ocupó su cómodo asiento de ventanilla en la desierta primera clase del expreso de Los Ángeles.
Sonreía. Tenía motivos.

Dos horas antes había despertado en su pequeño apartamento de Los Ángeles, bajo la luz de una radiante mañana de verano. Había desayunado los mejores huevos con bacon que podía recordar. Había hecho el amor en la ducha con la mujer a la que amaba. Y ahora se encontraba a bordo del tren que lo llevaría hasta el Centro de Investigaciones Avanzadas de Springfield, California. Esa misma noche daría una conferencia científica que cambiaría la historia. En apenas unas horas, el profesor Marcus Vanister iba a hacer público el primer procedimiento eficaz de teletransporte.

Marcus miró a través de la ventana: desde el concurrido andén, pudo ver a Evan Foster y a Rayna que se despedían agitando la mano. La joven le lanzó un beso y el profesor pudo leer en sus labios “nos vemos esta noche. Te quiero”. Marcus sonrió otra vez: si, sin duda aquel era el mejor día de su vida.

Y, sin duda, aquello no podía ser real.
No podía serlo porque él había dejado Los Ángeles hacía años. Porque hacía años desde la última vez que sintió el roce de la piel de Rayna contra la suya. Y porque los diseños de su dispositivo jamás permitieron el codiciado teletransporte. En su lugar, Marcus Vanister había creado una máquina de salto dimensional que los había arrojado a él y a un grupo de críos inocentes a una odisea entre realidades paralelas…

Sin duda éste se trataba de otro reino paralelo, otro mundo en el que los acontecimientos habían tenido lugar de forma distinta… Si tan sólo tuviera un periódico para comprobar el momento justo…

Como si respondiese a sus deseos, un ejemplar de “Los Ángeles Tribune” cayó sobre la mesa de su reservado. Marcus miró por un segundo la fecha: era la misma de su primer salto dimensional. ¿Se trataba de una broma? ¿Había viajado en el…?

Marcus Vanister (NE): Gracias, muchas… (colocándose las gafas)… ¿gracias?

En un primer momento, Marcus había pensado que se trataba del revisor: el amable hombrecillo enfundado en traje blanco y gorrito rojo que lo había recibido a bordo del tren. A fin de cuentas había sido a él a quien le había pedido el periódico.

Sin embargo, Marcus jamás en su vida había visto al joven que había dejado caer el ejemplar del “Los Ángeles Tribune”. No tendría más de veintipocos años, de pelo castaño oscuro, tez pálida y un elegante traje. Un traje negro.

Marcus Vanister (NE): ¿Quién…?
James Roth (ND): Me temo que no tenemos mucho tiempo, profesor… (se sienta frente a él) Me envía Wolfram & Hart… Estoy aquí para rescatarlo.

“Wolfram & Hart”. Junto a la visión de aquel elegante traje negro (que tan familiar le había resultado), aquellos dos apellidos parecieron abrir la caja de Pandora de los recuerdos de Marcus. A los recuerdos de sus jóvenes compañeros de odisea dimensional, otros momentos más recientes brotaron de su memoria: el Libro de las Sombras; el ritual que liberó aquellas criaturas; el infernal bufete de abogados y la aparatosa entrada que hicieron en sus instalaciones; el viaje a aquella versión de Springfield a la que en ese universo llamaban Sunnydale…

Un macabro deja-vu sacudió con un escalofrío el cuerpo de Marcus.

Marcus Vanister (NE): Un momento… ¿Rescatarme? ¿De qué…?
James Roth (ND): No sé para qué cree que está usted en este tren, profesor. Pero le aseguro que no es lo que imagina. Usted no lo recuerda, profesor… Pero…

En ese momento, el tren comenzó a moverse. La cara del joven quedó marcada por la preocupación.

James Roth (ND): Mierda… (se incorpora, nervioso) No tardará en venir... No puedo quedarme más tiempo aquí...
Marcus Vanister (ND): Oiga, joven... No sé que...

El chico saca de su traje de chaqueta un billete de tren y lo deja en manos de Marcus.

James Roth (ND): Escúcheme. Escúcheme con mucha atención. Antes de que el tren llegue a su destino, reúnase conmigo en el último vagón. Y lleve consigo este billete.
Marcus Vanister (ND): ¿Y si no le acompaño?
James Roth (ND): Entonces su viaje será sólo de ida, profesor.

Marcus sintió de nuevo aquel escalofrío. El mismo que notó junto a aquel deja-vu. Bajó la vista y miró aquel billete. Era idéntico al que Marcus había mostrado al revisor antes de subir al tren. Entonces fue cuando los ojos del profesor se percataron de un detalle: las letras impresas aquel billete estaban al revés. Como reflejadas en un espejo.

Marcus Vanister (NE): Por lo menos podría decirme su nombre...

Pero para cuando alzó la vista, el misterioso joven se había desvanecido: Marcus volvía a estar sólo en la sección de primera clase del tren.

Marcus Vanister (NE): Vaya...

Con el billete aun en las manos, el profesor miró hacia la puerta del fondo.
Y con un suspiro, se dispuso a salir al encuentro del misterioso joven.


P.O.V. – LEONARD POWELL

“Ya es oficial...” – pensó Leonard – “Es el peor día de mi vida”.

Leonard jamás había visto un vagón de ganado en toda su vida. Pero de haber viajado en alguno, probablemente tendría el mismo aspecto que aquel en el que había despertado.

Sólo por el olor y por los garfios que colgaban del techo, Leonard pudo imaginar de qué eran las manchas (oscuras y resecas) que cubrían las paredes y el suelo de aquel vagón. Sin embargo no era la sangre lo que le preocupaba. En su escala de prioridades estaba, primero, el hecho de haber despertado encadenado a una de las paredes metálicas y errumbrosas del tren. Luego estaba el susurro de los tres hombres que murmuraban entre sí y a los que no podía distinguir en la penumbra del vagón. Apenas unos delgados hilos de luz se filtraban a través de las rendijas superiores, haciendo imposible identificarlos.

“Y por último, y no por ello menos importante, está el pequeño detalle de que debería estar muerto.”
Con ese pensamiento, Leonard hizo ademán de incorporarse, dispuesto a preguntar a sus misteriosos compañeros de viaje a) donde estaba y b) a qué cóño esperaban para sacarlo de ahí.

Leonard Powell: Esto... ¿Oigan?

Las tres siluetas se giraron al unísono al escuchar la voz de Leonard. Sus murmurllos cesaron y sus ojos se posaron en el joven enfundado en traje de ejecutivo (y aun manchado de su propia sangre)

Leonard Powell: Miren... No sé lo que ha pasado, ¿vale? Si esto es una movida de Wolfram & Hart o lo que sea, bueno... ¿Al menos podrían liberar...?

La voz de Leonard se desvaneció al tiempo que aquellas tres siluetas se aproximaron a él. Con paso lento, los tres individuos se colocaron a pocos metros del joven, permitiendo a este identificarlos.

El primero de ellos iba enfundado en una especie de mono militar, un uniforme de fuerzas especiales o algo así. A Leonard no le costó reconocerlo como uno de los trajes que llevaban esos cabrones del ejército americano que tantos quebraderos de cabeza les dieron en Psifield.

El atuendo del segundo individuo también le resultó familiar: lucía una gabardina negra, de cuero, larga hasta los tobillos. Bajo la misma, el tipo llevaba ropa de kevlar oscuro. Cuando vio sus ojos rojizos brillar en la oscuridad, un escalofrío recorrió la columna vertebral de Leonard: sólo había visto ojos así en uno de los mundos que habían visitado. En el primero. En Shadowfield.

La indumentaria del tercero parecía sacada de alguna peli de “El Señor de los Anillos”, con una capa negra y una armadura dorada bajo la misma. Si el segundo tenía los ojos rojos, los rasgos faciales de este tercer sujeto no dejaban lugar a dudas: orejas puntiagudas, piel púrpura oscuro y largo pelo blanco... Leonard jamás había visto a este tipo.

Y al mismo tiempo, sí que lo había visto. Los conocía a los tres.
Porque los tres eran Morgan Kyle.

Leonard Powell: Vale... ¿Esto es una pesadilla... o es el infierno?
Morgan Kyle (SF): Ambas cosas.

Y diciendo eso, el Morgan Kyle al que sus amigos y él habían dado muerte en Shadowfield aferró del cuello a Leonard con un crujido de sus vértebras. Las fauces del vampiro se abrieron dejando ver sus colmillos.

Lord Kyle (DF): ¡Conten tu sed, criatura de la noche! (desenvainando sus dos cimitarras) ¡El código de honor exige vengar la vida de mi Señor!
Comandante Morgan Kyle (PS): Tranquilo, elfo... (amartilla su calibre cuarenta y cinco) Hay Leonard para todos...
Leonard Powell (al borde de la asfixia): No... No hay para todos...

De haber sido solo dos, quizá aquello hubiese funcionado. A fin de cuentas, si había algo que Leonard sabía hacer bien en todos los mundos posibles... era sacar de quicio a Morgan Kyle. Bastaron varios comentarios más para que el elfo intentase imponerse al vampiro. Aun forcejeaban cuando Leonard se percató de un pequeño detalle. El frío contacto del cañón de la calibre cuarenta y cinco le recordó a Leonard que aun había un tercer Morgan Kyle del que preocuparse.

Comandante Morgan Kyle (PS): La última vez te disparé en el estómago... (aprieta el cañón contra la cabeza) No cometeré dos veces el mismo...

Y entonces, alguien abrió la compuerta metálica, desde el otro extremo del vagón. El Morgan élfico y el vampírico estaban demasiado ocupados resolviendo sus diferencias para percatarse. Sin embargo, el sonido metálico bastó para llamar la atención del Morgan militar durante un instante. Leonard no necesitó más: con la reducida movilidad que le permitían las cadenas, el joven golpeó la mano de Morgan haciendo que su pistola volase por los aires. El arma cayó al suelo y se deslizó hasta los pies del recién llegado. Éste se agachó y la sostuvo en sus manos.

Por un instante, Leonard se permitió imaginar quien podría ser el último invitado a esa fiesta. Esperaba ver a otro Morgan Kyle, procedente de otro mundo y con el que, como una de esas constantes que se repetían, también tendría cuentas pendientes. Leonard se temía lo peor...

Entonces vio como el profesor Vanister, enfundado en un traje de chaqueta gris, contemplaba entre confuso y temeroso el arma en sus manos.

Profesor Vanister (NE): ¿Señor...? ¿Señor Powell?

Tres pares de ojos se posaron en el recién llegado. Y una sonrisa apareció en los labios del Morgan de Shadowfield.

Morgan Kyle (SF): Genial... (muestra los colmillos) El aperitivo.

CONTINUARÁ...

martes, 3 de febrero de 2009

Diario de Leonard Powell (Sesión 31-01-09) - ÚLTIMA ANOTACIÓN

Si estas leyendo esto es porque entonces a estas horas ya estaré muerto.

La verdad es que no se me da bien escribir. Y menos aun este tipo de cosas. Pero supongo que eso es algo que ya sabes. Intentaré ser lo más claro y preciso posible. No quisiera saturar tu pequeña capacidad cerebral con palabras que no entenderías.

Bien, Danny... No se como he muerto, ni quien ha sido la persona que ha puesto fin a mi vida… pero seguro que sin duda es un autentico bastardo sin escrúpulos. Pero no es para insultar a mi ejecutor por lo que escribo esto, sino para hacerte entender algo que no sé si sabias. Y es que has sido el único amigo que he tenido en mi vida.

Podría darte varios consejos ahora que no estoy como por ejemplo que no te metas en líos, porque ya no estaré yo para sacarte de ellos. O que trates de ser un poco más diplomático, si es que sabes lo que significa esa palabra. No, no significa liarse a puñetazos con alguien hasta que opine lo mismo que tú.

Tengo que contarte un secreto.

Como ya sabes, todos guardamos toneladas de mierda y algunos como yo, se niegan a reconocerlo… ¿Recuerdas a Rachel? ¿Rachel Wayne, la hermana mojigata de Sam? Unas semanas antes de que ocurriera todo lo que nos ha pasado, tuvimos un lío. La cosa se complicó y…

Bueno, digamos que he tratado a cubos de basura mejor que a Rachel.

Te preguntaras porqué te cuento esto. Pues porque tengo que pedirte un último favor. Tienes que volver a casa. Coge mi mejor moto, desde ahora es tuya. Pero antes quiero que hables con Rachel y quiero que le digas que lo siento.

También puedo asegurarte que mi padre tuvo algo que ver con el desastre de las minas. Cuando llegues a casa, investiga todo lo que puedas. Seguro que puedes sacar la verdad adelante. Tu padre no merece estar en la cárcel. El mío, en cambio, es lo mínimo que se ha ganado.

Ah, por cierto. Nunca te lo he dicho pero… ¿tanto te costaba llamarme por mi nombre, capullo? Bueno, supongo que ya es tarde para que me llames de ninguna manera.

Hay una canción de un grupo. Kansas, creo que son. "Carry on My Wayward Son". ¿Qué? ¿Te sorprende que me sepa alguna canción que no sea de los Chemical Brothers, Apollo 440 o Daft Punk? Bueno, mi madre solía ponerla cuando aun vivía. Y teniendo en cuenta que eres un hortera anticuado pensé que sería la clase de canción que te gustaría…

Carry on my wayward son
For there'll be peace when you are done
Lay your weary head to rest
Now don't you cry no more

Once I rose above the noise and confusion
Just to get a glimpse beyond the illusion
I was soaring ever higher, but I flew too high
Though my eyes could see I still was a blind man
Though my mind could think I still was a madman
I hear the voices when I'm dreamin'
I can hear them say

Carry on my wayward son
For there'll be peace when you are done
Lay your weary head to rest
Now don't you cry no more

Masquerading as a man with a reason
My charade is the event of the season
And if I claim to be a wise man,
it surely means that I don't know
On a stormy sea of moving emotion
Tossed about, I'm like a ship on the ocean
I set a course for winds of fortune,
but I hear the voices say

Carry on, you will always remember
Carry on, nothing equals the splendor
Now your life's no longer empty
Surely heaven waits for you

Carry on my wayward son
For there'll be peace when you are done
Lay your weary head to rest
Now don't you cry don't you cry no more
no more

Vuelve a casa…Y recuerda: nosotros elegimos qué hacer con nuestras vidas.

No te dejes matar capullo.
O te perseguiré por todo el infierno.

lunes, 2 de febrero de 2009

Sesión 31-01-09


El suelo de la estancia es blanco. Como sus muros. Como su inexistente techo.
Es una habitación sin muros, sin mobiliario. Fría. Infinita.
Aun arrodillado, Danny Dalton piensa por un instante que esa habitación, al igual que sus ocupantes, son irreales.
Pero el cuerpo que yace ante él… Ese es muy real.
La sangre impregna la impoluta camisa de seda blanca, los pantalones de pinza, el suelo blanco.
A su alrededor aun huele a pólvora.

Es el cuerpo de Leonard Powell.
Muerto.

Episodio 2x16.- NEVERDALE (Parte 5 de 5)

Sala de Juntas nº2.
Planta Octava de la sede de Wolfram & Hart en Los Ángeles.
Hace 36 minutos.

Sarah Kauffmann (ND): ¿Y bien? ¿Se os ocurre un buen motivo por el cual no debamos dejaros morir?

Como si fuese a encontrarlo, la mente de Danny Dalton viajó hacía atrás en el tiempo, contemplando lo que habían sido aquellas últimas 48 horas. Su llegada a este universo destruyendo la planta cuarta de ese mismo edificio; su viaje a Sunnydale tras la pista de uno de los abogados de esta infernal firma; el secuestro por parte de los agentes de "La Iniciativa"; la alianza con Devon Powell y su plan de dar un golpe contra Wolfram & Hart desde dentro…

Profesor Vanister (NE): Señora, si…
Sarah Kauffmann (ND): Silencio…

La misma Sarah Kauffmann que acababa de hacer estallar con la mirada los tres viales de suero que les iban a inyectar, alzó la mano y dejó inconsciente al profesor con un solo gesto.

No, pensó Danny: definitivamente, no iban a encontrar ningún argumento para que aquellos bastardos los dejasen con vida.

Y así, Danny se levantó de la silla empuñando la Desert Eagle que guardaba bajo su chaqueta.

- BANG -

El disparo resonó como un pequeño obús y el impacto tumbó a una sorprendida Sarah Kauffman. Leonard intentó aferrar del brazo al asustado doctor Casey. Sin embargo, su atractiva y rubia ayudante resultó ser algo más que una simple enfermera. Su rostro se arrugó transformándose en la mueca grotesca de una cara que alguna vez fue humana… y que ahora se revelaba como la de un vampiro.

Un disparo más de Danny hizo que el doctor Casey se detuviese a pocos centímetros de la puerta de la sala de juntas. Sin embargo, su indecisión duraría breves segundos: la puerta de la estancia se abrió dejando pasar a un guardaespaldas del bufete. Danny ni siquiera le dio ocasión de terminar de sacar su pistola: un nuevo proyectil de su Desert Eagle derribaba al trajeado.

Leonard Powell (forcejeando con la vampiresa): Da… Danny… Me vendría bien… Un poco de…

Un nuevo disparo de su cañón en miniatura ayudó a que el rostro del vampiro comenzara a fundirse. Cortesía de la munición especial que Devon Powell y los chicos de la Iniciativa les habían dado: el agua bendita que contenía las puntas huecas de esa munición consiguieron enloquecer de dolor a la vampiresa que abandonó la sala de juntas gritando de forma enloquecida, derribando a su paso la puerta de la misma.

Danny Dalton (ayudando a Leonard): ¿Estas bien, pi…?
Leonard Powell (señalando la puerta): ¡Casey! ¡Se escapa…!

Danny dejó a Leonard en la sala de juntas. Lo hizo sin pensar por un instante en los peligros que aun dejaban atrás. Lo cierto es que Casey había sido el científico que les había inyectado por primera vez el suero. Probablemente sabría donde lo guardaba Wolfram & Hart. Y si no querían que sus cuerpos estallasen como palomitas en un microondas, Danny y sus compañeros de viaje interdimensional iban a necesitar ese suero cuanto antes.

Por eso Danny no llegó a ver como Sarah Kauffmann se incorporaba, aun con su chaqueta humeante tras el impacto de la Desert Eagle a bocajarro. Sus ojos llameaban de ira inhumana cuando los posó sobre Leonard Powell.

Éste sostenía su pistola y contemplaba a la asesora de W&H como quien ve abalanzarse sobre él un tren de mercancías.

Danny acababa de salir al vestíbulo de la octava planta. Los disparos y la abrupta salida de la vampiro habían provocado la alarma de los oficinistas y burócratas trajeados que pululaban por aquella planta. Danny miró por todas partes, en busca de Casey. Vio uno de los ascensores cerrándose y entonces escuchó un disparo procedente de la sala de juntas. Danny hizo un intento por regresar pero fue entonces cuando aparecieron dos guardaespaldas más. Esta vez fueron más rápidos que él y dispararon sus armas. Danny sintió el mordisco de una de las balas alcanzar su pierna izquierda.

Fue entonces escuchó los gritos de Leonard. Tanto Danny como los propios trajeados de W&H quedaron paralizados ante la figura envuelta en llamas que salió de la sala de juntas, luchando por quitarse un traje que ardía como una pira diabólica.

Danny Dalton: Pijo…

Antes de que el sentido común pudiera gritarle que aquellos dos trajeados aun le encañonaban con sus pistolas, las manos de Danny ya apretaban el disparador de uno de los extintores que había en aquella planta. La espuma cubrió fue mermando las llamas y el cuerpo de Leonard, marcado horriblemente por quemaduras y heridas, yacía en el suelo.

Danny (sosteniendo el cuerpo de Leonard): Pijo… No, tío… No…

Los dos tipos trajeados no dejaban de apuntarle con sus pistolas cuando se apartaron dejando paso a Sarah Kauffmann. Ésta, con toda la tranquilidad del mundo, se inclinó ante Danny.

Sarah Kauffmann (ND): ¿Y bien, Señor Dalton? Aun espero un motivo por el cual deba dejarle vivir…

Pero Danny no podía articular palabra. Le costó un mundo alzar la vista y clavar sus ojos en los de aquella perra del infierno. Sus labios comenzaron a moverse para dejar escapar una última palabra. Sabía que aquella zorra le haría lo mismo que le hizo a Leonard. Pero no iba a dejar que se quedase ahí, riéndose de ellos…

Entonces comenzó a escuchar las aspas del helicóptero. Todos los presentes comenzaron a escucharlas, girando sus cabezas en dirección a los despachos cuyos ventanales daban al exterior. Hubo un silbido, fugaz y breve como el vuelo de un dardo… Y luego, una explosión voló en pedazos toda la fachada oeste de la planta octava de Wolfram & Hart.

Danny apenas si tuvo tiempo de esconderse tras el mostrador de las secretarias, sintiendo como los fragmentos de mesas, material de oficina, ventanas, muros y personas volaban por los aires. La mayor parte de las luces de la planta se fundieron y todo se lleno de humo, chispazos, toses y confusión.

En mitad del caos, entre los escombros y los oficinistas que torpemente trataban de incorporarse; Danny tuvo tiempo de levantar sobre sus hombros el cuerpo de Leonard. Sentía su cabeza palpitar, notaba la sangre que manaba por su nariz (cortesía de lo que el profesor Vanister había bautizado como "descomprensión interdimensional")… la herida de bala de su pierna ladraba de dolor…

Los minutos siguientes se convierten en un angustioso periplo a través de las escaleras de Wolfram & Hart. En seguida saltan las alarmas y el personal de seguridad es movilizado de inmediato: muchos oficinistas, como parte del programa de contingencia y prevención de riesgos, toman el papel de sanitarios y acuden en tropel en ayuda de los posibles heridos que hay en la planta octava.

Los intentos por llegar a la planta cuarta, donde aun se encuentra su blindado de salto dimensional, chocan de bruces con agentes de W&H. Por un momento, Danny cree que su suerte ha terminado cuando se ve sorprendido por un grupo de cuatro individuos. Dos de ellos son trajeados con armas, del personal de seguridad. Los otros dos, oficinistas haciendo de paramédicos. Esta a punto de soltar el cuerpo de Leonard y agarrar su arma cuando…

Agente de W&H (ND): Chico… (se acerca a Danny, ayudando) ¡Dios mio! ¡Sandy, écheme una mano!

Sandy parece más una ratita de biblioteca que una enfermera de campaña: mientras su compañero y el otro guarda de seguridad siguen escaleras arriba, el tipo trajeado baja la guardia el tiempo suficiente como para que Danny tenga tiempo para prepararse…

Agente de W&H (ND): Tu amigo tiene mal aspecto, chico. Dime, ¿vienes de la planta octava?
Danny Dalton (ND): Si… Ha habido… una…
Sandy (ND): ¡Oh, Dios…! (mira estremecida de terror a Danny) Su amigo… ¡No tiene pulso!

Danny no tiene tiempo para pensar: con un golpe certero en la nuca, deja fuera de combate al agente de W&H. Sandy arranca a correr, bajando las escaleras que la llevarán hasta la planta cuarta. Allí, entre lágrimas, contará a los guardias de seguridad lo que acaba de ver. Entre tartamudeos, dará la descripción de Danny y un equipo de asalto se movilizará de inmediato para darle caza.

Danny no necesita ser vidente para saber todo eso. Lo sabe porque ya está habituado a tener esa clase de suerte. La clase de suerte que te lleva a vagar por la quinta planta de un edificio de oficinas cargando con el cuerpo de un amigo moribundo. Nadie se atreve a interponerse en el camino de Danny que, desesperado, busca un despacho. Cualquier despacho.

Sus ojos se posan en uno de ellos. "Holland Manners". En aquel momento, la adrenalina de Danny corre demasiado rápido como para recordar ese nombre. Le basta un instante para reconocer al hombre que, tras un escritorio, termina de teclear un informe.

Holland Manners (ND): Baja el arma, Bob… (su guardaespaldas, situado tras él, baja su pistola) No creo haberle dado cita, Señor Dalton…
Danny Dalton (dejando el cuerpo de Leonard en el suelo): Debe… Debe ayudarme…
Holland Manners (ND): ¿De verás? (lo mira atentamente) Y, ¿qué ganaría yo…?

La pregunta queda en el aire. Manners enmudece al ver los puntos rojos que comienzan a cubrir el cuerpo de Danny Dalton. Éste no necesita mirar a su derecha para ver que, a través del umbral de la puerta, media docena de rifles automáticos apuntan directamente a zonas vitales de su cuerpo. Un equipo completo de asalto de W&H aguarda una sola orden para abrir fuego.

Sarah Kauffmann (ND): Lamento la interrupción, Holland…

Danny la contempla con profundo rencor: la ve aparecer, abriéndose paso entre los miembros del equipo de asalto. Incluso ellos parecen temerla. Kauffmann se coloca ante Danny y habla. Habla durante varios minutos… pero Danny no presta atención. Al principio es solamente el odio. El odio profundo y visceral hacia la zorra que acaba de hacer arder a su amigo. Pero luego… Luego su vista se centra a lo que hay tras Kauffmann. Y tras ella, ve a Holland Manners. Hablar por teléfono.

Sarah Kauffmann (ND): Tu amigo Leonard va a morir, Danny… Así aprenderás que no se juega con Wolfram & Ha…
Holland Manners (ND) (interrumpe): ¿Kauffmann? (muestra el teléfono) Es para ti.

Sarah dedica una mirada de odio silencioso a Manners. Se aproxima y aferra el teléfono. Y por primera vez, Danny ve el miedo en los ojos de Kauffmann. Asiente varias veces. Incluso susurra un par de "si, mi señora". Cuando cuelga, Danny juraría que las manos de ese ser vestido de ejecutiva tiemblan por el miedo. Intenta que no se le note cuando da las órdenes a sus hombres de que cojan el cuerpo de Leonard. Danny obedece cuando ella le ordena que lo siga. Antes de irse, ve como Holland Manners asiente con una sonrisa inquietante. Danny siente un escalofrío.

Los miembros del equipo de asalto han montado a Leonard en una camilla y lo han llevado a uno de los ascensores. Supuestamente, han dejado de funcionar, bloqueados como procedimiento de emergencia ante un ataque. Sin embargo, en el que ellos se han montado aun funciona. Dos miembros del equipo de asalto custodian la camilla de Leonard mientras Kauffmann pulsa una serie de botones. Danny intenta memorizar la secuencia pero es imposible. No puede apartar los ojos del horriblemente quemado cuerpo de Leonard.

Aunque consigan salvarlo… será un monstruo el resto de sus días.
Aquel pensamiento le devuelve a Danny la furia que creía dormida.

Danny Dalton (a Kauffmann): Zorra del Infierno… Te voy a…
Sarah Kauffmann (ND): Silencio.

Y pulsa un botón. Un botón que hace apenas un segundo no estaba ahí. Y todo, absolutamente todo, se vuelve blanco.

…

Blanco.

Todo en ese lugar lo es: el suelo, los muros, el techo… si es que puede llamarse así. Podría no haber ni muros ni techo. De no ser porque despierta tendido sobre él, Danny tampoco podría asegurar que existe el suelo. Lleva la misma indumentaria que cuando entró en el ascensor. Sin embargo… El dolor. Ha desaparecido. Ni el disparo de la pierna, ni el insoportable dolor de cabeza, ni sangre en su nariz…

Leonard Powell (quejumbroso): Vale… ¿Qué coño ha pasado?

Danny se da la vuelta. Y ahí está: sonriente, levemente despeinado y con una mueca burlesca en la cara. Ni quemaduras, ni heridas… Nada.

Danny Dalton (incrédulo): ¿Le…? ¿Pijo?
Leonard Powell (ajustándose la chaqueta de W&H): Estoy… (sorprendido) Estoy bien, tío. Pero… (su gesto adquiere un leve toque de preocupación) Danny…

Danny puede leer en los ojos de su compañero de aventuras. Se da la vuelta y, dentro de lo que cabe, no le pilla por sorpresa encontrar allí a esa zorra infernal de Sarah Kauffmann. Al igual que ellos, tanto su traje como sus heridas se han visto regeneradas.

Danny Dalton: Vale… ¿Y ahora por qué cojones nos has traído aquí?
Voz Infantil (tras Sarah Kauffmann): No ha sido ella la que os ha llamado… sino yo.

Y la ven aparecer. Sale tras Sarah, dando pasitos cortos pero firmes. No tiene más de ocho años: el pelo rubio, lacio y negro. La tez, mortalmente pálida. Y sus ojos… Sus ojos son viejos, muy viejos. Antiguos.

Mesektet (ND): Mi nombre es ancestral. Os encontráis en la Habitación Blanca. Y yo… Yo soy Mesektet, de los Ra-Tet. Vosotros… Vosotros habéis violado la confianza de los Socios Fundadores. Ellos… están descontentos. (se detiene por un momento y sonríe) Ah. Ya estamos todos.

De repente, Danny y Leonard pueden sentir un escalofrío. Les recorre la espina dorsal como un reguero de agua helada. Ante sus ojos, entre ellos y sus dos inquietantes anfitrionas, se materializa una figura. Luce un traje de chaqueta gris y tiene sus manos esposadas a la espalda.

Devon Powell (ND) (visiblemente desorientado y cansado): ¿Hi… Hijo?
Leonard Powell (sorprendido): ¿Cómo…? (mira a Mesektet) ¿Cómo lo habéis…?
Mesektet (ND): En la habitación blanca el tiempo tal y como lo comprendéis los humanos deja de tener sentido. Es un espacio entre los espacios. Mientras sanaban vuestras heridas, las horas han pasado en el mundo que conocéis como físico…
Sarah Kauffmann (ND): Y en ese tiempo, la información que le extrajimos a ese agente de "La Iniciativa" junto a nuestros contactos en Washington nos permitió dar con Devon Powell. Nuestros hombres tomaron la mansión y… Bueno, aquí lo tenéis.

Sarah saca de su chaqueta una pistola. La amartilla y la ofrece a Danny y Leonard.

Sarah Kauffmann (ND): Los Socios parecen muy… interesados en vosotros. Y por ello han decidido ofreceros la oportunidad de recuperar su confianza. Devon Powell ha sido encontrado culpable de cargos contra W&H. La pena por dicho crimen es la muerte. Y uno de vosotros será el encargado de administrarla.
Mesektet (ND): Hacedlo y se os permitirá regresar a vuestro mundo.
Danny Dalton: ¿Y si nos negamos?
Sarah Kauffmann (ND): Pues mataremos a uno de vosotros en su lugar.

Y el silencio se hace en la habitación blanca. Antes de que Danny pueda terminar de asimilar las últimas palabras de Sarah, Leonard tiende la mano y aferra la pistola. La sopesa, nota el tacto frío de la culata…

Devon Powell (ND): Hazlo.

Leonard alza la vista y contempla a ese hombre que no puede ser su padre. Idéntico en todos y cada uno de sus rasgos físicos. Es él… Y al mismo tiempo, no puede haber hombre más diferente al padre que Leonard ha conocido.

Leonard Powell: No. (mira a Danny) Lo siento, Danny.

Levanta la pistola. Danny puede ver el trazado del cañón del arma y durante un instante la pistola pasa ante sus ojos. Y durante ese mismo instante, su cabeza se llena de recuerdos. De advertencias. De lo que se suele decir sobre los Powell. De lo que siempre ha temido. Del temor a una traición anunciada por todos.

- BANG –

La sangre salpica la camisa blanca de Danny. Las fuerzas dejan de responder y sus piernas fallan. Cae de rodillas mientras su propio grito de impotencia aun resuena por todas partes. Un grito que él mismo no puede escuchar. Porque no ha podido evitarlo. Otra vez.

Leonard yace en el suelo.
La pólvora aun flota a su alrededor.
La sangre comienza a extenderse alrededor de su sien.
En su mano, la pistola reposa aun humeante.

Sótano 2.
Edificio de Wolfram & Hart.
Horas después.

Doctor Casey (ND): Ya está… Puede retirar el brazo, señor Dalton.

Danny deja de mirar al infinito y mira a Casey. Éste, incapaz de devolver la mirada a unos ojos muertos, se retira murmurando algo sobre "dentro de cuarenta y ocho horas". Algo que Danny apenas puede entender. Algo que apenas le importa.

Con su chaqueta al hombro, Danny camina a través de las instalaciones de ciencia-ficción de ese laboratorio subterráneo. Camina como un hombre muerto, con la mirada apagada de quien, en cada parpadeo, ve una y otra vez la misma escena.

"Lo siento, Danny."
- BANG –

En el vestíbulo del edificio, a través de las cristaleras, se puede ver la noche luminosa de Los Ángeles. Antes de irse, una de las secretarias le entrega un maletín que Danny coge de forma automática, sin prestarle mayor importancia. Ni siquiera escucha lo que le dice. Capta fragmentos: "primera hora", "hotel", "tarjeta de crédito", "llegar tarde el primer día"… No le interesan.

Danny se sienta en la escalinata del edificio, viendo como los últimos ejecutivos salen del mismo. Los cierres del maletín saltan cuando Danny introduce un código de tres cifras. Dentro hay una agenda con la dirección de un hotel anotada. Hay varias tarjetas de crédito. Y las llaves de una moto.

La Ducati ronronea como un gato salvaje. Danny sale a toda velocidad de los subterráneos de Wolfram & Hart. Como si la velocidad de esa preciosidad fuese suficiente como para dejar atrás los malos recuerdos. Parece que ocurrió hace una vida. Pero ocurrió hace menos de dos horas.

"Lo siento, Danny."
- BANG –

Es una de las mejores suites de uno de los mejores hoteles de una de las mejores ciudades del mundo. Danny jamás quiso nada de ninguna de esas tres cosas. Se conformaba con ser libre. Ahora, es lo único que no puede tener.

Lentamente, los recuerdos inmediatamente posteriores a Leonard comienzan a hacerse más claros. Danny recuerda el rostro desencajado de Devon Powell: su mirada, la de un padre que acaba de ver como su hijo se vuela la tapa de los sesos…

Que Sarah Kauffmann lo calcinase apenas unos segundos después fue quizá el único gesto piadoso de aquella zorra infernal.

Danny encendió el cigarrillo y miró la ciudad de Los Ángeles. La miró como siempre había mirado Springfield desde lo alto de la mina Dalton. Siempre había soñado con escapar de allí. Con ser verdaderamente libre.

Danny siempre había sido un solitario. Pero nunca hasta ese momento se había sentido tan solo.

"Perro Loco".
El profesor.
Fred.
Leonard.

Danny intentó cerrar los ojos. Sabía que aquella noche iba a ser mala. Pero el día siguiente sería infinitamente peor.

Porque sería su primer día de trabajo para Wolfram & Hart.

FIN DE LA SEGUNDA TEMPORADA.

martes, 13 de enero de 2009

P.O.V. - LEONARD POWELL y MARCUS VANISTER (Sesión 10-01-09)

ANTERIORMENTE, EN "NEVERFIELD"…
Marcus Vanister (WF): Está vivo, señor Dalton. El Libro de las Sombras es un ente extraordinariamente poderoso.
***
Libro de las Sombras (en Ben Braddock): SOMOS UNO. SOMOS MUCHOS… ¡¡SOMOS LIBRES!!

ATRAPADOS EN UNA ODISEA DIMENSIONAL…
Danny Dalton: Vale. Ahora el Libro es un libro y las Sombras... Se han ido.
Profesor Vanister (NE) ¿Y si han ido a otros Springfield?
Leonard Powell: ¿Y si han ido…? (mira Danny) ¿Y si han ido al nuestro?

UN VIAJE A TRAVÉS DE REALIDADES ALTERNATIVAS...
Riley Finn (ND): Estáis cometiendo un error… Trabajo para el gobierno de los Estados Unidos.
Leonard Powell: Si, claro. Y ahora me dirás que trabajas para una unidad militar especial que tiene un complejo subterráneo oculto bajo este pueblo de mierda.
Riley Finn (ND): ¿Cómo…? (sorprendido) ¿Conoces "La Iniciativa"?

TODOS BUSCAN EL CAMINO DE VUELTA A CASA...
Profesor Vanister (NE): Ahora buscamos a Goodwin Steele, un abogado de Wolfram & Hart.
Leonard Powell: Bueno, más bien son "abogados del Diablo"… en el sentido más literal de la expresión. Y buscar al tal Steele era nuestra misión… al menos hasta que un cabrón secuestró a nuestros colegas… Danny Dalton y Ben Braddock.

PERO NO TODOS VIVIRÁN PARA ENCONTRARLO.

Episodio 2x14.- NEVERDALE (Parte 3)

Habitación 205, Motel Gates. Sunnydale.
Ahora.

Leonard Powell: ¡Riley! ¡AL SUELO!

Apenas un segundo antes, antes de que las ráfagas de fuero automático comenzaran a hacer trizas aquella habitación de motel; Leonard y el profesor Vanister escuchaban atentamente las especificaciones que el agente Riley Finn de "La Iniciativa" les daba sobre la mansión de Devon Powell. Se encontraba mencionando algo sobre las cámaras y los sensores de movimiento que había a lo largo de toda la finca cuando, de repente, dos puntos rojos aparecieron en el pecho de Riley.

Y entonces comenzó el infierno.

Las balas llovían sobre ellos mientras Riley trataba de contactar con sus agentes de apoyo que, supuestamente, vigilaban esa especie de piso franco al que los había llevado.

Riley Finn (ND) (por su comunicador): ¿¡Patrick!? ¿¡Wilson!? Maldición... (mira a Leonard y el profesor) Esto solo puede ser cosa del Comandante Kyle...

Antes de poder acabar la frase, una granada rompe lo poco que queda de la destrozada ventana de la habitación. Del cilindro metálico comienza a salir un gas amarillento...

Riley Finn (ND) (empuñando su arma): ¡Póngase a salvo! ¡Yo les cubro!

Esa aureola de patriotismo barato y heroismo gratuito le recuerdan a Leonard al bueno de Ben Braddock. No piensa desaprovecharlo y, junto con el profesor, se disponen a salir. Es en ese momento cuando Leonard se percata de que el suelo esta manchado de sangre. Se mira el cuerpo: si no es suya, solo puede...

Leonard Powell (ayudando al profesor): ¿Profesor...?
Profesor Marcus Vanister (NE): Es solo... un rasguño... (aferrándose la herida en el hombro) Hay que... salir de aquí, señor Powell...

Cubiertos por el fuego de cobertura de Riley y su pistola, Leonard y el profesor corren por el pasillo exterior del motel Gates. Bajan las escaleras hasta llegar a la planta baja. Es entonces cuando ven entrar súbitamente una berlina gris en el aparcamiento del motel: un coche muy parecido al que Wolfram & Hart les dio. Y de él bajan dos tipos trajeados (y armados) a los que solo les falta un cartel para saber que trabajan para el infame bufete.

Antes de que puedan responder al fuego automático del mismo tipo encapuchado que dejó la habitación convertida en queso gruyere, un segundo encapuchado sale de detrás del camión en el que aguardaban los hombres del agente Finn. Empuña un M16 con lanzagranadas... y un proyectil explosivo autopropulsado cruza la zona de aparcamiento para acabar volando por los aires el coche de la recién llegada caballería de W&H.

Leonard Powell (mirando al encapuchado del subfusil): ¡Joder! ¡Riley ha caído! ¡Me encargaré de ese tipo! ¡Cúbrame profesor!

Mientras los disparos del profesor Vanister distraen al encapuchado del M16, Leonard se desliza entre los coches hasta situarse a pocos metros por debajo de donde está el encapuchado del subfusil. Un disparo certero y una bala entra por su pecho, dejándolo muerto. Leonard está a punto de hacer un comentario ingenioso al respecto, cuando escucha el fuego automático del M16.

En el suelo, tras los restos llameantes de la berlina, está el cuerpo del profesor. Leonard se da la vuelta y mira al encapuchado del fusil de asalto. No le da tiempo ni siquiera a que le encañone: Leonard camina con paso firme hacia él, disparando su pistola...

Leonard Powell: Hijo de puta...

Un proyectil convierte la cabeza del encapuchado en papilla. Leonard corre hasta el cuerpo del profesor: tres orificios en su pecho dejan claro que la vida se le escapa por momentos. Las manos de Leonard se empapan de sangre...

Leonard Powell (tratando de contener las hemorragias): No. Usted no, ¿me oye? Esto no va a pasar otra vez...
Profesor Vanister (NE): Señor Powell... Llévelos de vuelta... Llévelos... a casa...

Y por un segundo, Leonard casi siente lágrimas en sus ojos. Porque por un segundo, está seguro de que el corazón del profesor se detiene en ese preciso instante.

Leonard Powell: ¿Profesor?... ¡¡Profesor!!
Riley Finn (ND): Déjeme a mi...

La voz a su espalda hace que Leonard se de la vuelta. Riley camina torpemente, manteniendo su mano izquierda contra el costado, del cual salen hilillos de sangre. Las sirenas de policía comienzan a escucharse a lo lejos.

Riley Finn (ND) (ayudando como puede a Leonard a llevar el cuerpo del profesor hasta la furgoneta): Póngase al volante... Yo intentaré hacer algo por su amigo...
Leonard Powell: Pero... ¿el qué?
Riley Finn (ND) (sacando del botiquín de la furgoneta una jeringa de adrenalina) Lo que sea necesario...

Leonard Powell da la vuelta a esa furgoneta de reparto mientras en su interior, rodeado de aparatos de escucha y seguimiento electrónico, el profesor Vanister siente como su cuerpo regresa de entre la estrecha frontera entre la vida y la muerte.

La furgoneta sale del motel Gates a toda velocidad, con un par de coches patrulla siguiéndola muy de cerca. Por suerte, Sunnydale se parece lo bastante a su Springfield natal como para que Leonard pueda desenvolverse con relativa facilidad.

Leonard Powell (hablándole a los policías): ¿Queréis jugar? Pues no os lo pondré fácil...

Con un volantazo, Leonard abandona la carretera industrial y se adentra en uno de los muchos barrios residenciales que pueblan los suburbios de Sunnydale. Hace apenas diez minutos que la noche ha caído sobre la ciudad y, por suerte, no ni tráfico en la calle ni gente paseando.

O al menos eso cree Leonard.
Enfilando una de las calles residenciales, una chica con el volumen de su I-Pod demasiado alto no escucha el rechinar de frenos de la furgoneta. Ni Leonard es lo bastante rápido como para evitar llevarse por delante el enorme dálmata que la adolescente llevaba de la correa...

Con el cristal frontal hecho añicos y cubierto por los restos de la desafortunada mascota, Leonard siente como la furgoneta se adentra a ciegas en los jardines de al menos tres o cuatro casas. Mientras, los dos coches patrulla le siguen muy de cerca...

Las cosas mejoran cuando, al salir de un cruce, Leonard esquiva por los pelos el último autobús de línea que pasa por esa zona residencial. El primero de los coches patrulla también lo consigue. El segundo, no.

Agente McNamara (ND): Joder, ese cabrón ha hecho estrellarse a Donovan y Martin... (por la megafonía del coche patrulla) ¡Atención, vehículo en persecución! ¡Detén...

Y Leonard se adelanta a sus ordenes. Pega un frenazo tan súbito que consigue su objetivio: su perseguidor empotra el morro de su coche contra el trasero de la furgoneta de reparto. Leonard sabe que ha perdido al menos el cincuenta por ciento de la velocidad de su vehículo. Pero viendo el humo salir del capó del coche patrulla también sabe que sus perseguidores necesitarán un vehículo nuevo...

Agente McNamara (ND) (saliendo del coche y viendo los destrozos): ¡¡Joder!! (ve alejarse la furgoneta) ¿Quién cojones es ese tío?

Antiguo Matadero Grant.
Aproximadamente una hora después...


El lugar está completamente desierto.
La única construcción, una enorme nave industrial, sirve ahora de improvisado garaje para la furgoneta. Dentro de la misma, Riley termina de hacer milagros con el botiquín, intentando mantener con vida al pobre profesor Vanister. Leonard apura el último cigarrillo que consiguió robarle a Danny antes de que éste y Ben fuesen secuestrados. Mientras expulsa el humo por la nariz, Leonard recuerda que no pueden quedarse aquí mucho tiempo. El reloj sigue contando y sus... (sus amigos)... sus compañeros de viaje sin ahí afuera.
En manos de su padre.
Una vez más, su jodido padre.

Profesor Vanister (NE): ¿Señor Powell?

Su voz es la de un cadáver. Su forma de andar, también. La chaqueta de Wolfram y Hart cubre su figura y deja ver el bendaje con el que Riley ha parcheado sus agujeros. Por un momento, Leonard casi siente el impulso de abrazarlo. Pero parece tan debil que quizá un abrazo acabe por rematarlo.

Leonard Powell: ¿Profesor? ¿Y Riley...?
Profesor Vanister (NE): Inconsciente me temo... Hubiera intentado hacer algo más por sus heridas pero creo que he consumido los escasos recursos del botiquín...
Leonard Powell: ¿Y ahora? La emboscada del motel parece cosa de esa "Iniciativa" para la que trabaja Riley...
Profesor Vanister (NE): Lo que significaría que el señor Kyle y su padre están buscándonos...
Leonard Powell: Por no hablar de la policía de Sunnydale...
Profesor Vanister (NE): No podemos quedarnos aquí mucho tiempo ocultos, señor Powell. El tiempo corre en contra de nuestros amigos... quedan apenas ocho horas para que el suero pierda su efecto...
Leonard Powell: Tal y como lo veo yo, profesor, tenemos dos opciones: o le echamos huevos y asaltamos por nuestra cuenta la mansión de mi padre. O buscamos un aliado...
Profesor Vanister (NE): Creo recordar que el señor Finn mencionó al padre del señor Dalton como uno de los civiles al tanto de "La Iniciativa". Quizá...

El razonamiento se ve interrumpido por las estridentes notas musicales de "Ace of Spades" de Motorhead. Leonard y el profesor, escondidos junto a las puertas de la nave industrial del matadero, ven como un Cadillac descapotable irrumpe en los alrededores del matadero. Su chapa cromada negra resalta con el dibujo de unas llamas incandescentes. De sus cinco ocupantes, solo uno parece no estar disfrutando de alguna clase de juerga nocturna. Bajo la música, el motor del coche y las risas y carcajadas de esos cerdos, Leonard reconoce los gritos de una chica.

Nora Thompson (ND): ¡Soltadme, bastardos!
Profesor Vanister (NE): Hay que hacer algo, señor Powell… Esos brutos van a…
Leonard Powell (susurrando): No ha visto nunca Buffy en la tele, ¿verdad? Profesor, si esto es Sunnydale esos no son simples brutos… Son vampiros.

Como para constatar la teoría de Leonard al respecto, el que parece el cabecilla de los vampiros, un tipo enfundado en una chupa de cuero y con larga melena negra, da un poderoso brinco y se coloca justo ante Nora, cerrándole el paso. Ésta trata de usar su spray anti-violadores con él. Lo único que consigue es enfadar al vampiro… y hacer que "ponga su cara demoniaca".

Leonard Powell: Odio tener razón… (comprueba su pistola) Cúbrame, profesor.

El profesor Vanister asiente, entra en el almacén y busca la caja de fusibles. Sabe que las luces de ese lugar llevan al menos años sin funcionar. Para lo que él quiere, le da lo mismo. Activa todos los conmutadores consiguiendo un cortocircuito. Por un instante, las luces exteriores de la nave industrial se encienden, estallando en chispas y cegando a unos fotosensibles vampiros.
Y, al amparo de la oportuna distracción, Leonard sale al descubierto. Antes de que el vampiro pueda decir nada, Leonard se ha colocado a su lado y descarga un tiro contra la mandíbula. El vampiro cae al suelo.


Nora Thompson (ND): ¿Qué…? (reconoce a Leonard) ¿¡Tú!?
Leonard Powell: Nora, adentro (sigue encañonando al vampiro) ¡Deprisa!

Mientras Nora corre a esconderse dentro del matadero, perseguida por dos de los vampiros amigos del primero; Leonard ve como el vampiro de la melena se incorpora luciendo una mirada de odio mezclado con incredulidad. Lo poco que queda de su mandíbula es apenas un pedazo de carne que pende apenas de un par de tendones…

Vampiro Melenudo (ND): ¡¿Anf anffann?!
Leonard Powell (alzando la pistola, mientras retrocede): Lo siento… (dispara dos veces más) No hablo vampiro.

Las balas solo frenan de forma temporal al vampiro que, inexorablemente lo va acorralando hasta el interior de la nave industrial.

Mientras, dentro del viejo Matadero Grant…

Nora Thompson (ND): ¿Pro… Profesor Giles?
Profesor Vanister (NE): Eh… (escucha los gruñidos y risas de los dos vampiros que van tras Nora) No hay tiempo de explicaciones, señorita… (la toma de la mano) Venga conmigo.

Los dos se adentran en las derruidas y oscuras estancias del matadero, encontrando un acceso que lleva al sótano del mismo. Con dos vampiros pisándoles los talones, Nora y el profesor acaban en una de las estancias del subterráneo del matadero. Un lugar que el profesor reconoce como el enorme coso donde, en Witchifield, fueron "juzgados" por el triunvirato de los Capuchas Rojas.

Profesor Vanister (NE): Fascinante…
Nora Thompson (ND): ¿Cómo…? Oiga, profesor, no es…

En ese momento, las puertas de la estancia son destrozadas de golpe por el primero de los dos vampiros que les perseguía. A simple vista parece un veinteañero negro, vestido con cazadora vaquera y luciendo un absurdo sombrero tejano. Sus colmillos y su rugido inhumano hielan la sangre del profesor… pero no sus neuronas.

Profesor Vanister (NE): No quieres hacerlo… (agarra un pedazo de madera de los muchos escombros que pueblan el suelo del lugar) Sabes quien soy, ¿verdad?
Vampiro Tejano (ND): Rupert Giles… Has matado a muchos de los nuestros…
Profesor Vanister (NE): Has caído en la trampa… (mira por encima de su espalda, como si Nora fuese Buffy) ¡Ahora, Buffy!
Vampiro Tejano (ND): ¿La… (glups)… Cazadora?

Si los vampiros pudiesen hacer ciertas funciones biológicas, éste habría manchado los pantalones. Pero al darse la vuelta, lo único que ve es a Nora. Vanister no desaprovecha la ocasión y clava la improvisada estaca a la altura del corazón del vampiro. Estalla en una nube de polvo que cubre tanto a Vanister como a Nora.

Nora Thompson (ND): Así que todas esas historias que me han contado sobre este pueblo… Joooder. Ahora hay un montón de cosas que… ¡Cuidado!

El profesor Vanister apenas si puede hacer un torpe intento por clavar la estaca en el vampiro que acaba de irrumpir en la estancia. Ha visto como desintegraba a su colega y no está contento. Derriba a Vanister y le arrebata la estaca con la facilidad de quien le quita el sonajero a un bebé.

Por un segundo, los colmillos del segundo vampiro casi rozan el cuello del profesor. Y es entonces cuando el palo de una vieja escoba atraviesa el pecho del chupa-sangres… ¡haciéndolo estallar y cubriendo de cenizas al pobre Vanister!

Profesor Vanister (NE): Coff, coff… Gracias, Nora…
Nora Thompson (ND): No hay de qué, Giles… solo le pediría una cosa… (le ayuda a incorporarse) No vuelva a llamarme Buffy, ¿de acuerdo?

Mientras tanto, en el piso de arriba…

Leonard Powell (sigue disparando): Tío, ¡cómo odio los vampiros!

Las balas atraviesan el cuerpo del vampiro de la melena sin que éste haga otra cosa más que frenar levemente el paso. Leonard lanza una mirada fugaz a la furgoneta, dentro de la nave industrial. Intenta llegar hasta ella. Quizá Riley haya despertado y…

Pero antes de poder comprobarlo, el vampiro da otro de sus impresionantes brincos, interponiéndose en el camino de Leonard. De un fuerte manotazo, le arrebata la pistola, tirándola al suelo.

Leonard Powell: Joder…

Y es entonces cuando el virote de flecha se clava en el pecho del vampiro. Éste, por un segundo, mira incrédulo la punta de madera afilada que sobresale empapada en sangre. Intenta articular algo parecido a un "oh, mierda" pero sin mandíbula inferior. Un instante después, estalla convertido en una nube de polvo.

Leonard agudiza la mirada tratando de percibir la identidad de su oportuno salvador. Al amparo de la luz procedente de la propia furgoneta, Leonard distingue la silueta del profesor Vanister. Y sostiene entre las manos una ballesta.

Leonard Powell: ¿Profesor Vanister?
Rupert Giles (ND): Creo que me confunde, joven. Mi nombre es Rupert. Rupert Giles.

Antes de que Leonard pueda dejar de abrir la boca, paralizado por la sorpresa, otra voz se deja escuchar a la entrada de la nave industrial. Camina hasta donde están ellos dos, sin dejar de hacer divertidos malabares con una estaca de madera.

Buffy Summers (ND): Me estaba preguntando, Giles, ¿estaría mal que me quedase los pendientes de esa vampiresa que acabo de evaporar? Oh… (ve a Leonard) Bonito traje.
Leonard Powell: Bu… Bu… ¿Buffy?

CONTINUARÁ…